Después del décimo mandamiento, una fe de erratas:
No odiarás,
No destriparás,
No aplaudirás la crueldad.  

Seguramente conoces aquello que separa a Abelardo de la Espriella y a Iván Cepeda. Algunas diferencias que consideramos importantes recordar son: De la Espriella es un abogado defensor de criminales, sin ninguna experiencia en el sector público, adscrito y leal al Partido Republicano estadounidense; Cepeda es un reconocido defensor de Derechos Humanos y del medioambiente, Congresista de la República hace 16 años y fundador del Movimiento Nacional de Víctimas. De la Espriella propone «Fracking a lo que dé» incluyendo potencialmente a páramos y el Amazonas, lo cual pone en riesgo a los ecosistemas del país, nuestros milagros más reales; Cepeda, por su parte, centra su propuesta política en la protección del medioambiente, de los acuíferos, los animales y de las comunidades que dependen y habitan esos territorios, además de unir esfuerzos para seguir el camino de la transición energética. De la Espriella afirma la necesidad de reducir el 40% del Estado, lo cual aumentará el desempleo y limitará la capacidad estatal para resolver problemas, y eso generaría una crisis social y económica; Cepeda propone reducir el déficit fiscal sin sacrificar el gasto público, defendiendo así las inversiones productivas y los programas sociales.

Si conociendo estás diferencias aún estás indeciso, probablemente es porque ambos proyectos políticos te causan miedo o no te convencen las posturas ideológicas de los candidatos. También, quizá, la decisión esté movida por un “voto-castigo” al gobierno de Gustavo Petro y a temas como la constituyente, el sector salud o la paz total. Es entendible. Sin embargo, hay una diferencia esencial que trasciende los proyectos programáticos y es la relación con quien piensa distinto como eje del ejercicio político.

Abelardo de la Espriella ha dicho de manera reiterada, durante su campaña y en varias entrevistas, que pretende «destripar a la izquierda», que las personas de «izquierda son enemigas de la patria», que «no le daría la mano a Iván Cepeda» y que no «negociaría ni tendría conversaciones con la oposición». Estas declaraciones vienen acompañadas de una campaña visual en redes sociales con alegorías permanentes a la violencia, y al desprecio por unos otros a quienes representa como inferiores vencidos en un campo de batalla. Iván Cepeda, por el contrario, ha convocado de manera reiterada al diálogo respetuoso y sincero entre quienes piensan distinto como forma de abordar los problemas complejos del país, como la salud, el déficit fiscal, los procesos de paz o la reforma agraria (ya lo hemos visto negociar, conversar serenamente y llamar amigo a José Félix Lafaurie, quien en una entrevista reciente le devuelve una sonrisa y a nosotros cierta idea de que en Colombia hay más caminos posibles). Ese es quizá su ethos: acordar entre quienes piensan diferente, porque ese es el objetivo de la política y es lo que posibilita la vida misma en democracia. Es también una de las grandes diferencias con Gustavo Petro: mientras Petro da respuestas rápidas a todos los problemas y ahonda en la polarización, Cepeda no proclama soluciones fáciles, sino que, por el contrario, reconoce que sólo negociando entre diferentes se puede llegar a soluciones factibles, legítimas y duraderas.

Esta es una elección entre una izquierda que, aún si no compartes todas sus posturas, se mueve dentro de los límites que permiten a la democracia liberal existir, versus una derecha extrema que pone en peligro la posibilidad incluso de hacer política. Esta diferencia se hace más relevante en un país con una historia de profunda violencia y crueldad hacia el otro. Un otro al que nos han enseñado a ver como enemigo, pero con el que compartimos una herida común ―quizás con aristas más profundas o más compleja o más alargadas en el tiempo. En este sentido, esfuerzos como la JEP nos ayudan a comprender eso que nos ha pasado y nos ha imposibilitado mirar los abismos, escarbar dentro de los escombros, encontrar los cuerpos perdidos para construir una casa nueva y más honesta. En la JEP hemos visto el milagro del abrazo, el más difícil en los días difíciles. De la Espriella propone quitarnos esa posibilidad, la del abrazo. En esencia, la posibilidad del otro.

Seguramente esta no es una decisión fácil: hay críticas, resistencias, miedos y preocupaciones legítimas. Pero el hecho es que uno de los dos candidatos será el próximo presidente de Colombia y ante eso hay que decidir. Esta carta es entonces una manera de insistir en el diálogo como un camino que cuida la vida y su vulnerabilidad. Es un llamado a sostener estos principios políticos contra la intolerancia, la violencia y la exclusión que se disfrazan de orden y patria.

*Texto escrito a varias manos por Denis Zuley Murillo Hernández, Maria del Pilar Gómez Loaiza y Federico Gutiérrez Naranjo.