Existe desde Adam Smith la pregunta sobre la viabilidad de la sociedad mercantil[1]. La problemática consiste en explicar de qué forma es posible que funcione bien una sociedad donde los individuos persiguen sus propios intereses. Para Smith, esa búsqueda egoísta de los individuos no conduce al caos porque cada persona promueve el interés general, así no lo busque o esté sobre sus planes. El que una persona X busque maximizar sus ganancias lleva a que se esfuerce y sea eficiente, y como todos los demás hacen lo mismo, el resultado es una sociedad mercantil (o la suma de las X personas) que funciona ya que los bienes y servicios se venden al precio más bajo posible y se hace un uso óptimo de los recursos. Este es el mecanismo de la llamada mano invisible que sirvió como metáfora para concluir que el capitalismo como sistema de producción es viable y eficiente.
Tal y como afirma Tobón[2], es posible decir que la teoría económica surge con la visión que tiene Smith: dejar a los individuos a su búsqueda egoísta o individual de intereses, hombres libres fuera de la servidumbre, conduce a una sociedad mejor que aquella sociedad feudal donde no había libertad. Además, esta sociedad es mejor que cualquier intento de planificar la economía de manera autoritaria o central, e incluso da mejores resultados que cualquier intento de intervención en casi todos los casos.
Esta propuesta de Smith requería una prueba más refinada y para eso la teoría económica enfocó sus esfuerzos en el uso de las matemáticas para demostrar lo que se conoce como el equilibrio general competitivo. La idea era mostrar cómo los precios se encargan de coordinar esas acciones individuales (egoístas o maximizadores) de los agentes en los mercados. La razón es que los precios expresan el valor de los bienes en el intercambio, y si los individuos buscan maximizar sus ganancias, estos precios deben ser tales que promuevan la eficiencia en el uso de los recursos por parte los agentes. El productor eficiente debe vender al precio más bajo posible para así atraer compradores. Si no es capaz de producir a precios bajos, entonces la competencia lleva a que ese productor salga del mercado y solo queden los más competitivos, lo que favorece a la sociedad en su conjunto. Una vez que los consumidores buscan maximizar sus utilidades y los productores ser eficientes, el encuentro de ambos agentes vía precios debería llevar a un resultado óptimo que vacía los mercados. Es decir, que toda la producción se vende.
En su versión más terminada (el modelo Arrow-Debreu y Arrow-Hahn), la teoría económica propuso construir los puntos de partida bajos los cuales se asume que funciona la economía (preferencias, tecnología, dotaciones), los supuestos sobre sus estados (competencia en los mercados) y llegó luego a unos resultados para mostrar que era posible que los mercados alcanzarán un equilibrio tal que los precios coordinaban las decisiones. Con esto se quiso demostrar que existe un nivel de precios tales que absorben el egoísmo individual de los agentes y lleven a un uso eficiente de los recursos[3].
La importancia de mostrar la existencia de esos precios era que permitía evidenciar que darles libertad a los individuos en la toma de decisiones, sin intervención del gobierno en el direccionamiento de su conducta, lleva a una armonía social. Es decir, que el liberalismo es una forma de organizar la sociedad mejor que cualquier otra alternativa (intervencionismo, socialismo, feudalismo, etc.) y, además, que es la forma más eficiente de organización social que existe.
Pues bien, esta agenda de investigación que comienza en 1775 con Smith, es retomada luego por los marginalistas (Especialmente Walras en 1880) y llega finalmente a un cierto limite alrededor de los años de 1960 con el ya nombrado modelo Arrow–Debreu-Hahn. Si bien este modelo logra demostrar que aquellos precios buscados sí existen, nada garantiza que la economía llegue o se dirija a dicho equilibrio (problema de la estabilidad) y que sea único (unicidad)[4]. El problema no es solo el de la estabilidad y unicidad. Me parece que el mayor problema es convencer a la gente que aquella economía modelada por medio del modelo Arrow-Debreu corresponda realmente a una sociedad de mercado. Por ejemplo, los supuestos de competencia perfecta no permitan modelar bien la conducta de los productores. La ausencia del dinero en la toma de decisiones es otra dificultad. Y tercero, es más problemático aún el asumir que todos los productores tienen la misma tecnología y que esta debe tener rendimientos decrecientes a escala a nivel de productor[5].
La defensa de Samuelson que alude a que de los modelos de economía solo se pueden extraer parábolas (como las religiosas) viene a confirmar la sospecha de que el pretendido modelo microeconómico no demuestra su objetivo —la de mostrar la viabilidad de una sociedad de toma de decisiones descentralizadas propuesta por Smith. Si esa economía hipotética del modelo Arrow-Debreu es un modelo sin relación clara con el mundo mercantil del capitalismo, entonces no demuestra nada sobre alguna economía conocida.
La única defensa que se puede hacer a la propuesta liberal de Smith es entonces evidenciar que el capitalismo como sistema ha funcionado relativamente bien desde 1775, y que incluso ha tenido mejores resultados que la alternativa socialista marxista probada en la antigua URSS. En ese caso, se llega a otra dificultad. Desde por lo menos 1900, cuando en la Alemania de Bismarck se inaugura el estado de bienestar y la política social, y se extiende luego a toda Europa occidental para llegar finalmente al New-Deal tardío de Estados Unidos (1935), el capitalismo ha tenido intervención de gasto público para mantenerlo funcionando. Keynes y los teóricos que defendieron la política social son los que le han dado oxígeno al capitalismo[6].
Es decir, el capitalismo como lo conoció Smith desapareció entre 1900-1930, y se trata ya de economías mixtas con diferentes perfiles (capitalismo liberal, capitalismo conservador y capitalismo social-demócrata). Tal y como la evidencia internacional apunta, el sistema económico se volvió de economía mixta y aún en los países liberales el peso del gasto público en el PIB ya supera el 30%. Por ende, si el sistema capitalista funciona no lo hace precisamente por una mano invisible.
En conclusión, es más idóneo establecer que aquella sociedad de individuos egoístas funciona de la mano de un estado de bienestar que despliega gasto público social para el mejor uso de los recursos económicos. Así, el liberalismo como corriente de pensamiento económica y política no puede decir que tiene una prueba científica para desprestigiar la intervención del estado y decir que la mejor sociedad es aquella de estado mínimo que propuso inicialmente la economía clásica.
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Notas:

