Y que el desconocido
de un siglo futuro
me mire sin vergüenza,
y me ofrezca, a mí, una sombra que ronda,
húmedo un ramo de lilas
cortadas después de la tormenta.
– Anna Ajmátova.
El 2 de octubre del 2016 a las 4:45 p. m. se rompió algo en Colombia. A esa hora exacta en los noticieros se dictaba el boletín número 8 de la Registraduría Nacional del Estado Civil que sentenciaba la ventaja del no sobre el sí con el 90% de las mesas escrutadas, tendencia que avanzó hasta la victoria del no a la pregunta: “¿Apoya usted el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera?”. El plebiscito por la paz, que buscaba darle legitimidad y continuidad a lo pactado entre el gobierno de Colombia y las FARC-EP, se perdió por 53 mil votos.
I. Pasado y Presente: las voces del sí.
Pedro, periodista y crítico cultural: “Yo no me volví a levantar esa noche de la cama”. Yo estaba en la casa de unos amigos. La idea era juntarse a ver las noticias, cocinar en grupo y celebrar la victoria del sí porque nadie se imaginó que alguien pudiera votar no a la paz. “Mucha atención a lo que voy a decir: ojalá tengamos mucha tranquilidad”, se oyó la advertencia de la periodista Yolanda Ruiz por la radio que estaban escuchando en ese momento. Lo que dijo a continuación acabó con la fiesta de medio país y Pedro sintió rabia. Esa rabia contagió el ambiente; no recuerda haber cenado, pero sí haberse puesto a discutir, pues había una persona que intentaba dar explicaciones sobre lo que acababa de pasar diciendo que no se había escuchado las razones del otro lado. La celebración terminó bastante mal. “Yo sí tuve el trauma de la plebitusa […] levantarme me costó muchísimo”.
Marta, cineasta documentalista: “No hay derecho, Marta”. La costumbre la llevó a prender su cámara para grabar a su madre María Teresa Uribe de Hincapié durante lo que ambas creían sería un momento histórico para la construcción de paz y la superación del conflicto armado en el país. Su madre llevaba casi diez años sin salir de casa y fue a votar porque estaba contagiada de esperanza y optimismo y un convencimiento de que eso era lo que tenía que pasar para que el país lograra superar el escollo del conflicto. En horas de la tarde la cámara graba a su madre mientras una voz en off da los resultados. “Antioquia le dio la victoria al no”, escuchan a Yamid Amat. María Teresa Uribe, ensimismada por la desilusión, mira hacia la cámara y dice: “No hay derecho, Marta”, acto seguido sentencia: “Esto es una tragedia nacional, Marta”. En el fondo de la grabación se oyen los estallidos de pólvora mientras María Teresa fuma compulsivamente un cigarrillo apagado sin saber bien adónde poner la mirada.
Guillermo, profesor universitario e investigador: “Sentí que nos asesinaron ese día un poquito, como si nos hubieran dado un tiro”. A Guillermo le parecía un poco absurdo tener que hacer un plebiscito por la paz. Esos meses había sentido mucha esperanza y recuerda el ambiente alegre por esos días previos a las votaciones. “Todo era muy festivo y era una de esas cosas de las que uno no tiene dudas; me resultaba transparente el asunto”. Fue a votar temprano y le pareció que el día estaba radiante, “hasta los policías estaban amables y sonrientes”. Por la tarde, ya en su casa, Guillermo puso las noticias de fondo mientras se preparaba para salir con sus amigos. Cuando escuchó un boletín en el que la periodista remarcó la creciente ventaja del no, pensó que la periodista se había equivocado leyendo. Decidió entonces ponerles más atención a las noticias, que cada vez se volvían más desesperanzadoras. “Creo que me fumé un paquete entero de cigarrillos viendo los últimos boletines […] Sentí que nos asesinaron ese día un poquito, como si nos hubieran dado un tiro”. Lloró de la rabia y se quedó en la casa. Ya nadie quiso salir.
Jazmín, socióloga dedicada a trabajar por la paz: “Yo vi de frente el dolor de las personas en el Catatumbo”. Días antes del plebiscito viajó en bus desde Medellín a su natal Ocaña, Norte de Santander, para poder votar con una “ilusión infinita y feliz”. Tenía la convicción que el sí iba a ganar sobrado. Salió a desayunar y luego a votar con una amiga, iban contentas y con mucha alegría. Sin embargo, se asustó un poco en el puesto de votación porque vio mucha gente que ella intuía votarían por el no. Igual, no le puso mucha atención pues pensaba que era lo normal con la historia del lugar. Al final de la tarde se fueron para la casa a esperar los resultados. En algún momento la amiga le dice: “¡Marica, ¡está ganando el no! ¡Mirá, mirá la TV! Su primer impulso fue de incredulidad y achacar la ventaja a algún margen de error en el conteo. Luego, sintió un vacío y una angustia de una inmensidad que distorsionó el tiempo, pues sentía los minutos como si fueran horas mientras veía salir boletín tras boletín. Empezó a discutir por WhatsApp con miembros de su familia y empezó a llorar, “de esos llantos que son pocas veces en la vida, como si algo muy profundo en mí hubiera cambiado”. Llora cuatro horas seguidas, acostada en una cama en posición fetal. La amiga la intenta consolar, pero no lo consigue. Jazmín conocía el dolor del conflicto armado de cerca pues había trabajado con víctimas en la región. Algo en ella cambió esa tarde, sintió un profundo desprecio y odio hacia las personas inconscientes con la realidad de las víctimas. “Yo vi de frente el dolor de las personas en el Catatumbo”, me contaba, decidió no volver a hablarles a muchas personas que votaron por el no.
Marta, historiadora: “Antioquia… yo todavía tengo muchas interrogantes”. Trabajó activamente en los esfuerzos de pedagogía por la paz. La movía la necesidad de parar la guerra y para ello proponía debates: sacaba unas sillas plásticas y le proponía a la gente dialogar en la calle. Además, organizaba todo tipo de eventos pedagógicos para hablar del tema. Recuerda que fueron días muy agitados. El 2 de octubre se fue a votar con su esposo. “Iba con alegría y entusiasmo, pero con susto”, me contó. Ella había empezado a ver la fuerte oposición que se armó alrededor de muchos debates y dudaba de la capacidad de cambiar las creencias de la gente en una ciudad como Medellín. Al mediodía habla por celular con una amiga periodista que le dice: “Marta esto se va a perder”, lo que le termina arrugando el corazón, pero aun así decidió ir al Teatro Pablo Tobón, donde habían puesto unas pantallas para que la ciudadanía viera los resultados. Recuerda cómo todos se quedaron atónitos, en silencio, compartiendo caras de incredulidad y tristeza. Regresó a su casa, abrió una cerveza, salió al balcón y se puso a llorar. Su hija, que nunca la había visto de esa manera, le reclamaba que tampoco era para tanto. Marta no podía contener la cantidad de interrogantes que le brotaban como lágrimas: ¿Por qué Antioquia es así? ¿Qué nos faltó de pedagogía?, son preguntas que no ha logrado responder.
Aura, lideresa: “Una se siente como impedida como un barco a la deriva”. La señora Aura pensaba en la gran oportunidad que abría el plebiscito, sobre todo para las víctimas. Ella y un grupo de mujeres habían hecho campaña por el sí en los barrios de las laderas de Medellín y ese día salieron todas juntas a votar. Iban contentas y convencidas de que iban a ganar. Este grupo de mujeres aglomeraba personas que se movilizaban por diversas causas en defensa de sus barrios. “La mayoría de las víctimas queremos ver cómo avanzamos con el tema de la paz”, me decía mientras enumeraba sus experiencias alrededor del conflicto. La señora Aura había sido víctima de desplazamiento varias veces en su vida, incluso de desplazamiento intraurbano en el valle de Aburrá. Después de votar se fueron a mirar las noticias también todas juntas. A medida que salían los resultados escuchó la rabia de algunas de sus compañeras: “Eso se sabía, que no gana”, ¿oyó? “Estábamos desconcertadas, la voz de nosotras fue poco escuchada”. Cuando le pregunto que más recuerda me cuenta: “Una se siente como impedida como un barco a la deriva”. No le gusta hablar o recordar ese día y admitió que la desesperanza la vuelve a desalentar. “En esos días yo me sentí que somos poco importantes. Es como nadar contracorriente, como pelea de gato con tigre… Tanta lucha y el apoyo fue muy poquito”.
Ferley, administrador de empresas: “La gente no se dio la oportunidad de saber qué venía con el plebiscito”. Ferley era un ferviente defensor del plebiscito en todos los aspectos de su vida. Desde pequeño le había tocado sufrir en medio del conflicto armado, nació en un pueblo del sur de Bolívar, en el Magdalena medio, en una época muy dura para la región. Ya adulto y profesional se encontraba trabajando en un puesto público en donde le tocaba conformar grupos para capacitar y explicar lo que se iba pactando en las negociaciones de La Habana. “Le metimos la ficha a esas promociones”, me dijo. El 2 de octubre salió a votar en compañía de su esposa. “Siempre voto temprano y me devuelvo para la casa a ver noticias; yo veía como un panorama muy bonito, hasta hizo buen día. Todo se veía como claro, transparente”. Además, apuntala: “Yo veía como un ambiente muy propicio para dar ese paso a la construcción de paz”. Ya en la tarde veía con confianza como inicia ganando el sí, pero de un momento a otro el no remontó y empezó a preocuparse. Solamente atinaba a mirar a su esposa y preguntarse: “¿Será?, ¿será que no?”. Cuando finalizó, Ferley dice que le pareció ver como un castillo de naipes que se derrumba. No pudo sacudirse el asombro, admite que no durmió bien en toda la noche preguntándose cosas como: ¿por qué no?, ¿qué faltó?, ¿socializar más?, ¿qué nos faltó para dar ese paso? La incertidumbre se caló fuertemente en su interior, pues había un detalle de su vida personal que no le gustaba comentar mucho: Ferley había sido reclutado por las AUC y se había desmovilizado hace años.
Martin, desmovilizado: “¿Quién no va a querer salir de esta noche tan oscura de 60 años?”. Martin estaba muy ilusionado porque “¿quién no quiere la paz?, ¿quién no quiere tener un país en mejores condiciones?”. Lo decía por experiencia propia porque Martin se había desmovilizado, por accidente; le tocó salir del territorio, atemorizado por las masacres de los paramilitares, y luego decidió quedarse trabajando. En su juventud se había unido a los elenos (ELN), convencido de estar luchando por un mejor país, pues veía cómo el gobierno no hacía nada para ayudar a las comunidades. Todo esto me lo contaba para poder dar fe de su entusiasmo el día que salió a votar, pensaba que el sí arrasaría las votaciones. Recordó que ese día vio los resultados en su casa y a medida que se iba perfilando el resultado final iba sintiendo rabia, tristeza y una enorme frustración por ver cómo manipulan a la gente por su voto: “¿A qué jugamos, por qué la gente quiere permanecer en guerra en este país?, ¿qué es lo que no quieren que se sepa?”.
Juan Esteban, historiador y profesor: “A mí siempre me sorprendía que la gente estuviera dispuesta a votar no”. Juan es un absoluto convencido de los procesos de negociación para acabar conflictos violentos. Me cuenta que en el 2016 trabajaba para las fuerzas militares, acompañando los esfuerzos para la desmovilización y el posconflicto. Desde chiquito, en Medellín, era un obsesionado por leer sobre el conflicto colombiano en medios nacionales. “El reto de nuestra generación es acabar con este conflicto”. Así inició nuestra conversación. Habló sobre las diferentes negociaciones que hubo en el país y recuerda que una de sus primeras memorias fue salir a la calle a pintar palomitas blancas en apoyo a la paz de Belisario Betancur. “Toda la vida entendí que la lógica del proceso de paz era la única manera de detener esto”. El 2 de octubre fue muy angustiante pues al final del día sintió una decepción y un desasosiego que lo llevó a coger el teléfono para llamar a su jefe en el Palacio de Nariño y decirle: “Hermano, acá estoy al frente, diga pues que hay para hacer para resolver esto”. El jefe le dijo que no se preocupara, pero no evitó la sensación que perduró en Juan de salir corriendo a la calle, a la oficina, “a ver cómo resolvemos esto”. Finalmente, se puso a escribir, para exorcizar esa incertidumbre. “A mí siempre me sorprendía que la gente estuviera dispuesta a votar no. ¿Por qué vamos a votar que no? O sea, claramente, no es lo que hemos querido, pero precisamente la idea es acabar con el conflicto armado […] Es decir esto es un paso hacia adelante, no hacia atrás. Yo nunca entendí eso”.
Carlos, coronel retirado de las fuerzas militares: “Hagamos de rebelde. Creamos”. Carlos ingresó a las fuerzas militares porque desde muy pequeño sintió el afán de servir. Para el proceso de paz en La Habana participó en una mesa asesora del sector defensa. Sin embargo, admite que siempre había desconfianza, “al tiempo uno no era ingenuo”. Además, apuntala que “en mi caso personal yo tenía esa dualidad, no estaba tan convencido del proceso de paz. Tenía inquietudes que no veía resueltas”. A pesar de su desconfianza el día del plebiscito decidió darle paso a la esperanza y votar por el sí, “yo dije apostémosle a ver si sale el país adelante. Hagamos de rebelde. Creamos”. Sale a votar y nota que hay poca gente votando en el pueblo, “mucha gente no lo sufrió (el conflicto) tanto como en otras regiones”, razona. También recuerda que se encuentra con unos vecinos y conversan un rato, los vecinos le dan a entender que también van “a darle la oportunidad” y se pone contento. Vuelve a su casa a ver las noticias en compañía de su esposa. Cuando ve que gana el no empieza a reflexionar y no le parece tan malo, “pues hasta mejor, esperemos a ver”. Además, cuenta que la derrota le dio como vergüenza y lo llevó a ver que se había equivocado al confiar en principio pero que luego vio que muchas cosas del acuerdo en realidad lo incomodaban. “Yo voté a favor porque albergaba la esperanza de que se hicieran las cosas bien”. Finalmente me confiesa que no sintió plebitusa, pues a sus ojos el acuerdo igual terminó pasando y se convirtió en un hecho.
II. Presente
Toda memoria es memoria de otras memorias. – Norbert Lechner
Viernes, 6 de marzo, 2026. Estoy en el Museo Casa de la Memoria de Medellín esperando a recopilar más historias para este proyecto. Lo curioso es que no hay que ir hasta un sitio así para tratar de entender el conflicto.
De camino al museo el taxista que me llevaba me preguntó que qué había en ese museo, mientras conversábamos a través de nuestras miradas en el espejo retrovisor. Yo le contesté que había información sobre el conflicto y la memoria de las víctimas. Le describí un par de obras y testimonios que recordaba haber visto. Se hizo un silencio de varios minutos que él atravesó diciendo: “A mí me ha pasado todo eso, todo de lo que usted viene hablando”. “¿Cómo así?, ¿a usted lo desplazó la violencia?”, pregunté. “Más o menos”, me dijo con cautela mientras me seguía mirando por el espejo. “A mi papá se lo llevaron los paramilitares”.
Cuando le pregunté que de qué pueblo de Antioquia era me contestó que él no era antioqueño sino costeño y que la violencia había llegado al pueblo cuando él tenía unos trece años. Admite que la violencia siempre estuvo, pero de niño no la veía porque los adultos los protegían diciéndoles cosas como: “Por allá no vaya”, “hoy no salga”. Hasta que un día se llevaron a su papá: “Una cosa muy dura, una época muy dura”.
Junto con su madrastra lo buscaron por todos lados, hasta que un día rastreando en el río Magdalena les salieron dos lanchas con tipos armados que les apuntaron. Los tipos les dijeron que ellos sabían quiénes eran y también les dijeron que no lo buscaran más que él ya estaba muerto. Además, les dieron cuarenta y ocho horas para salir del pueblo. Terminó su relato diciendo que de ahí se había ido para Venezuela a trabajar. Le pregunté que a trabajar en qué y me contesta que él había hecho de todo por allá.
Finalmente, logré preguntarle qué pensaba de los acuerdos de paz con las FARC. Contó que había votado a favor pero que le parece que quedó a medias. También dijo que le había dado muy duro toda esa época pero que le tocaba seguir en lo suyo. Incluso mencionó que buscó a la persona que le había hecho eso al papá pero que no pudo encontrarla. “Quería meterle dedo a esa gente, yo tenía mucha rabia”. Pues afortunadamente no los encontró, le apuntalé, y le di a entender que me alegraba que estuviera bien en lo suyo. Él seguía mirándome por el espejo retrovisor mientras hablaba y yo intentaba mantener esa mirada. Por último, coló un par de comentarios sobre el pasado guerrillero del presidente Gustavo Petro: “La que es perra se queda perra toda la vida”.
Cuando llegamos me bajé y miré los murales del museo. Antes de cerrar la puerta le dije: “Vea, dese una pasadita por el museo, que yo creo que le puede gustar. “Listo, gracias, a lo mejor vengo y le digo a mi familia para que me acompañe”.
III. Presente y futuro
La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido. – Milán Kundera.
En Colombia no hay que ir a un museo para toparse con historias de violencia. Una conversación con un taxista es suficiente. Esto es en parte porque más del 90% de las víctimas durante el conflicto armado fueron civiles, según los hallazgos de la Comisión de la Verdad. Se puede decir que todos los colombianos conocemos a alguien agujereado por la violencia. Y, sin embargo, esos hechos se ocultan detrás de recuerdos, se escurren entre silencios.
Esto no es nada nuevo. Kapuściński hablaba de la necesidad que movía a Heródoto hace unos dos mil quinientos años: “Heródoto confiesa su obsesión por el tema de la memoria: es consciente de que la memoria es defectuosa, frágil, efímera e incluso, ilusoria. De que todo lo que guarda en su interior puede esfumarse, desaparecer sin rastro […] Sin la memoria no se puede vivir, ella eleva al hombre por encima del mundo animal, constituye la forma de su alma y, al mismo tiempo, es tan engañosa, tan inasible, tan traicionera. Ésta es la causa de que el hombre se muestre tan inseguro de sí mismo.” Heródoto estaba obsesionado con narrar la historia de la guerra entre persas y griego para que no se olvidara. Además, tenía la intención de que a partir de averiguar los hechos se podría llegar a un tipo de punto cero. En otras palabras, eventualmente se podría averiguar quién había dado el primer golpe que había desatado siglos de violencias entre griegos y persas. Desde hace tiempo este país ha intentado hacer lo mismo con la memoria pues han sido cientos los profesionales, periodistas, antropólogos, sociólogos, historiadores, investigadores, etc., que han intentado agarrar fragmentos de recuerdos antes que se desvanezcan. Multitudes de Heródotos intentando registrar, grabar, narrar lo que sucedió en los territorios afectados por la violencia para así poder deslumbrar una solución que acabe o minimice la violencia. Estos pedazos han sido claves para erigir todo un andamiaje institucional y jurídico, como lo ha sido la Ley de Víctimas del año 2011 y muchas otras iniciativas.
El problema es que no logramos hilar esta infinidad de interpretaciones para garantizar otra posibilidad de futuro. Es que pintar un futuro a partir de memorias es muy complicado, como le decía una profesora a la Nobel, Svetlana Alexiévich, sobre lo ocurrido en Chernóbil: “Pienso. Pienso mucho. Como si dibujara con agua sobre un cristal; solo yo sé que estoy dibujando, nadie lo ve, nadie lo adivina. Nadie se lo imagina”. Justamente, por la duración del conflicto en Colombia la memoria se diluye y se represa en lugares. Se queda atrapada en individuos. El efecto que esto crea es que parecería entonces que cada persona al tener una memoria tiene una gota de la verdad. Pero como dice Elizabeth Jelin, una de las académicas más influyentes sobre temas de memoria, “memoria no es lo mismo que verdad”.
La Comisión de la Verdad ha sido el más reciente intento para hacer memoria, recoger pedazos, para intentar aportar a través de un universo de voces y testimonios versiones que mejor plasmen el conflicto armado. Desafortunadamente, estas iniciativas estaban ligadas a la aprobación del Acuerdo de paz por parte de los colombianos, cosa que no sucedió. El Acuerdo luego fue aprobado y la Comisión y otras instituciones pudieron avanzar, pero ese golpe del plebiscito deslegitimó sus esfuerzos de crear un coro de voces que se acercara lo más posible a erigir una memoria colectiva que diera cuenta de lo que sucedió, y con esta información pretender que no volviera a suceder. Hasta el presente esa mancha de desconfianza no ha sido removida. ¿Qué será entonces que no permite que los colombianos logren pasar la página del conflicto? Parte de la respuesta la da Norbert Lechner cuando dice: “para hacer futuro previamente hay que hacer memoria”. En el caso de Colombia no hubo tiempo para pintar un futuro. Quedaron de nuevo dos bandos enfrentados, cada uno con sus memorias y sus verdades. Una brecha que parece crecer hasta nuestros días.
El Gobierno Santos tuvo muy poco tiempo para entusiasmar a la población con un futuro distinto, pues como lo cuenta Gwen Burnyeat en su libro La cara de la paz, cuando se firmó el Acuerdo el 24 de agosto Santos anunció su intención de hacer un plebiscito el 2 de octubre para cumplir con su promesa de campaña de que “los colombianos tendrán la última palabra”. Poco más de un mes para pintar un nuevo futuro que lograra opacar 60 años conflicto armado. Además, Burnyeat devela que el gobierno estuvo limitado por una decisión de la corte constitucional que sentenció que el gobierno tenía el deber de informar a la opinión pública sobre el plebiscito pero no podía hacer campaña. A pesar de este obstáculo, el gobierno y gran parte de la opinión pública, confiaba en los poderes de la razón. La razón como valor central de cualquier república liberal que busca avanzar. Pero la razón no fue suficiente. La emocionalidad fue la clave.
El problema sigue siendo el mismo desde los tiempos de Heródoto. Dice Kapuściński que “el mito se mezcla con la realidad, las leyendas son los hechos”. Heródoto, dice el periodista, también cayó en cuenta del mismo obstáculo de la memoria: “las personas recuerdan aquello que quieren recordar y no lo que en verdad ha sucedido. Pues cada individuo la tiñe del color que más le conviene y prepara en su crisol individual su propia mezcla. De ahí que sea imposible desentrañar el pasado tal como realmente fue; sólo podemos acceder a sus muchas variantes, a versiones más o menos verosímiles o que mejor se ajusten a nuestras expectativas. El pasado no existe. Sólo existen sus infinitas interpretaciones”. En otras palabras, la memoria viene atravesada por un montón de procesos y subjetividades que componen a cada persona. Un componente importante es la emocionalidad. Esto que ahora nos parece tan obvio fue subestimado por la mayoría, pues confiaban plenamente en el poder de la razón de los colombianos para dar el visto bueno que iniciara un proceso de transición hacia la paz, con todas las complejidades que el proceso demandaría. El 50,2% de los votantes decidió no aceptar esta propuesta. Otro dato a tener en cuenta de este proceso fue el abstencionismo: la mayoría de colombianos ni siquiera tuvo el impulso de salir a votar para apoyar un lado o el otro.
Otra forma de mirar el problema puede ser, ¿de qué sirve hacer memoria? ¿Cuál es la utilidad? De nuevo, Alexiévich da luces sobre esto en su libro sobre Chernóbil, en un apartado titulado Monólogo acerca de para qué recuerda la gente, en el cual captura las reflexiones de un psicólogo que le dice: “Entonces, ¿para qué recuerda la gente? ¿para reestablecer la verdad? ¿La justicia? ¿Para liberarse y olvidar? ¿Porque comprenden que han participado en un acontecimiento grandioso? ¿o porque buscan en el pasado alguna protección? Y todo eso a sabiendas que los recuerdos son algo frágil, efímero; no se trata de conocimientos precisos, sino de conjeturas sobre uno mismo. No son aún conocimientos, son solo sentimientos. Lo que siento”. Acá está la clave, en los sentimientos que atraviesan y agujerean la memoria de cada persona que quiere recordar, los silencios, los olvidos. Este proceso de paz no fue la excepción a lo que ya Heródoto, Kapuściński y Alexiévich advertían. Hay otro elemento que es la funcionalidad que se les ha dado a los relatos que priorizan ciertas emociones. A los pocos días del triunfo del no, en una famosa entrevista, el gerente del no se pavoneaba de la efectividad de su estrategia para que la gente “saliera a votar berraca” y cómo activamente buscaban generar indignación para movilizar a las personas en contra del Acuerdo. Algunas emociones, tan contrarias al establecimiento liberal de la razón, fueron la clave para obstaculizar un proceso de democratización en el país. Sentimientos como el enojo, el resentimiento, la rabia, la ira, el odio, la desconfianza y la indignación fueron liberadas y auspiciadas por un sector a través de redes sociales como modernas cajas de pandora. Esto hay que resaltarlo. No es accidental. Hay una agenda detrás de estas emociones. Sí, la memoria es compleja y está atravesada por emociones, procesos y subjetividades que quizás nunca logremos atajar del todo para fotografiarla claramente, pero sí sabemos que se pueden priorizar unas memorias sobre otras y unas emociones sobre otras para un fin especifico. Estas memorias entran en relación y chocan entre ellas. Pero esta construcción no es accidental: hay intereses materiales y políticos en enturbiar las aguas de la memoria con el miedo. En el caso colombiano, la Comisión de la Verdad en sus Hallazgos lo pone bastante claro: “Esta guerra no ha sido solo entre grupos armados, sino de entramados políticos y económicos, donde se incluyen actores no armados, como civiles, sectores de la sociedad y grupos que participaron en la guerra, dinámicas del poder y en la disputa por la tierra […] Se calcula que, en el contexto del conflicto armado, 8 millones de hectáreas han sido despojadas de forma violenta […] La guerra ha resultado beneficiosa para otros sectores, que acumularon tierra y propiedades, se han enriquecido con el despojo y las economías ligadas al conflicto armado y al narcotráfico o han ganado poder político.” Para dimensionar esta extensión, un poco más del área de departamentos como el Meta o Antioquia han sido despojados. No hay memoria que pueda dar cuenta de esa extensión de violencia y territorio. No hay esperanza que abarque tanta hipocresía. No existen Heródotos para tanta historia. Esta realidad material parece inabarcable también en parte porque hay un sector que pretende no verla. La niega, la oculta y la sabotea. A pesar de extensos ejercicios de memoria que se han llevado a cabo, el país no parece encontrarle mucha utilidad práctica a esa memoria.
¿De qué sirve entonces, diez años después, tratar de recordar lo que pasó el día del plebiscito por la paz, si toda memoria es fragmentaria y está opacada por dinámicas políticas que no terminan de esclarecer? Un primer paso es mermar las expectativas que tenemos sobre estos procesos de hacer memoria. De sus limitaciones. Frustrados ante el estado del mundo y la idea de que estos ejercicios servirían para contener y rebatir esas posturas, en una conversación con Hacemos Memoria los entrevistadores interpelan a Elizabeth Jelin, quien responde: “No sé cómo lo ven ustedes, pero yo no creo que haya una relación necesaria entre más memoria y mayor igualdad, mayor respeto al otro o más democracia. Esa relación no existe […] La memoria no es profiláctica. Los relatos del pasado están y la gente no puede vivir sin eso. Las memorias, en plural, si queremos estudiarlas es porque nos interesan y las queremos vincular con otras cosas, pero no necesariamente hay una relación con la democracia. ¿Más memoria es mejor? No. Más conmemoraciones, más monumentos, ¿mejor para qué? Pregunto.” El dilema surge del uso que se le intenta dar a esa memoria antes de tiempo. En el mundo de las democracias liberales la creencia es que las sociedades toman mejores decisiones sobre el futuro cuando tienen más y mejor información. Por eso entonces cuando los investigadores de Hacemos Memoria le dicen a la señora Jelin: “Entonces, cuando nos enfrentamos, por ejemplo, a un resultado de un plebiscito que dice No a un acuerdo de paz no entendemos el por qué”, ella contesta, “No entiendes por qué, porque pensabas que el mundo era como a vos te gustaba.”
El reto no es simplemente hacer memoria, es mucho más difícil que eso. Es cómo intentar armar un enorme vitral hecho de fragmentos de vidrios que a su vez están unidos por un sinfín de materiales, cemento, pegante, barro, todo construido para poder reflejar una imagen en la que tampoco logramos vislumbrar del todo. Finalmente, un vitral que no tenemos muy claro qué función debe cumplir. Como mínimo debe reflejar la verdad de las víctimas y así dejar constancia de lo que pasó para que no vuelva a suceder en el futuro. Es una lucha contra el olvido, como decía Kundera, pero ese conocimiento no garantiza la victoria contra la barbarie que permitió que sucediera los hechos de violencia en primer lugar.
El deber es entonces el de registrar y saber que con ese registro es apenas el comienzo de un largo camino que está constantemente en disputa y construcción. Hay que ser conscientes de estas limitaciones y fragilidades. Como me lo dijo Guillermo, “la paz es un territorio delicado como esos hallazgos arqueológicos que no le podés mandar un palazo porque destruís una vasija. Hay que tenerle todo el cuidado, todo el tiempo. La paciencia de los arqueólogos es justo lo que necesita las apuestas de paz.”
A diez años de mirar para atrás a las ruinas del plebiscito siguen saliendo todo tipo de vasijas. No parece haber el espacio para exhibirlas ni estudiarlas en la conversación pública. La paciencia se agota y lo que no se voltea mirar se convierte en olvido.
IV. Post-Scriptum.
Yo no recuerdo con claridad el día del plebiscito. Recuerdo la inquietud que sentí en la noche. Una zozobra exacerbada por las explosiones de pólvora de los que celebraban. También recuerdo que, de vuelta en Bogotá, viendo las caras de profesores y compañeros de la maestría en estudios de paz y resolución de conflictos sentí una profunda ineptitud. Francamente, era impensable creer que un país eligiera rechazar el paso que daría fin a la confrontación armada entre la guerrilla más vieja del continente y el Estado. La mayoría de los entrevistados para este proyecto lo corroboraron. Excepto una, la única persona con la que me reuní que admitió votar por el No. Una mujer cuyo marido fue soldado, y secuestrado y desaparecido por las FARC en los noventa. Ella no admite nada bueno de los procesos de negociación entre el gobierno Santos y la guerrilla más antigua del continente. Fue la conversación más difícil de todas pues sus creencias eran tan diametralmente opuestas a las mías que me costaba escuchar. Entre las cosas que decía había cierta verdad, como darse cuenta de que el Estado ha utilizado a las víctimas a modo de moneda de cambio para desmovilizar grupos pero que no ha habido justicia, realmente, con las víctimas. También dudó del valor de instituciones como la JEP y la Comisión de la verdad porque la considera que no es una verdad y que los únicos beneficiados del proceso fueron los de las FARC. Esta persona siente que la utilizaron para darle poder a unos grupos ilegales mientras en el camino ella todavía reclama justicia y verdad. Como ella hay muchas personas.
Siempre tuve una esquirla de duda sobre la utilidad de todo esto. Si acaso me ha movilizado a buscar respuestas, pero en el camino encontré más dudas. Empecé con un formato claro que quería replicar y era el que utilizó John Hersey para narrar los momentos antes del estallido de la primera bomba nuclear en la ciudad de Hiroshima, y cómo hilando los testimonios de siete sobrevivientes logra crear un documento clave para hacer memoria y reflexionar sobre el conflicto nuclear. De ahí surgió la idea para este proyecto de marcar y remarcar un evento impactante de nuestro país a través de diferentes voces. Sin embargo, sobreestimé la importancia del 2 de octubre de 2016 y subestimé el paso del tiempo.
En todo caso, el ejercicio no termina. No para darle un sentido útil a la memoria como pretende la teoría de la construcción de paz liberal. Sino que el sentido debe ser crear más lugares donde estas memorias puedan entrar en confrontación y en conversación. Desafortunadamente, ningún gobierno se ha comprometido del todo con estas iniciativas. Ni siquiera el gobierno de Gustavo Petro pues la Comisión de la Verdad pasó sus Hallazgos y recomendaciones y la sociedad colombiana siguió de largo. Sí hubo eventos y reconocimientos para las víctimas y para interesados en el tema, ñoños del conflicto y la violencia. Pero la conversación no se escurre, no se impregna lo suficiente en la opinión pública. Hay que entender de dónde viene esta falta de reacción y estos silencios políticos e institucionales.
Mientras escribo esto muchas democracias se ven en apuros precisamente por el mal uso que se le ha dado a la memoria para impulsar emociones. En Alemania la ultra derecha está ganando terreno en un país que construyó el libreto sobre memoria histórica a partir de las atrocidades de los nazis durante la segunda guerra mundial. ¿Qué podemos esperar entonces nosotros de nuestra sociedad? Donde no hubo dictaduras militares, pero tuvo índices de violencia mayores a las dictaduras siendo democracia. Una violencia que pervive.
Será volver a la mesa y tratar de entender, pues la memoria de los victimarios también es memoria, y mucha de esta fue basada en experiencias de horror reales, como lo fueron los secuestros, desapariciones, y bombazos de las guerrillas. Tendremos que desempolvar las ruinas pasadas, de procesos fallidos con la paciencia de los arqueólogos para tratar de entender, como decía Guillermo. Utilizar las emociones para movilizarnos, pero tener la valentía de aceptar la paciencia y el paso del tiempo. Hay que crear espacios donde se puedan tener conversaciones entre adversarios, pero sin caer en falsas equivalencias. Admitir que las memorias de los victimarios son una parte necesaria del ejercicio también es hacer ver qué no es aceptable en una democracia. En un país donde la justicia sigue siendo un ideal por lo menos podemos empezar a vislumbrar otro camino que dé cuenta de la falta de justicia, del silencio, y de quiénes se han beneficiado más de esto y por qué. Un nuevo camino que evoque lo que queremos, enfrentando los silencios y los huecos de la memoria para llenarlos de paciencia y esperanza y que esos interrogantes nos iluminen cada vez más futuros posibles. Lo resume bastante bien William Martínez en La furia no basta: cómo el Punk reimaginó el futuro, cuando escribe: “La furia puede encender una conciencia, pero no basta para sostener la vida”. Yo cambiaría la palabra vida por memoria: la memoria puede encender una conciencia, pero no basta para sostener la vida. Por último, me quedo con las palabras de Jelin en una entrevista para la Universidad de Antioquia: “Hacerse más preguntas. Es en las preguntas en lo que avanzamos y no en reafirmar creencias […] Se cierran posibilidades de entender en el pasado y en el presente si solo nos quedamos en el pedacito donde nos sentimos confortables. Hay que salir de la zona de confort.”
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Notas:

