La consecuencia más peligrosa de la desigualdad: el potencial colapso del orden social.
En el 2010, en una carta publicada en la famosa revista científica Nature, Peter Turchin predijo la inestabilidad de la década de 2020:
“El análisis histórico cuantitativo revela que las sociedades humanas complejas están afectadas por oleadas recurrentes, y predecibles, de inestabilidad política. En Estados Unidos observamos salarios reales estancados o en declive, una brecha creciente entre ricos y pobres, una sobreproducción de jóvenes graduados con títulos avanzados y una deuda pública en rápida expansión. Estos indicadores sociales, aparentemente inconexos, están en realidad relacionados entre sí de manera dinámica. Todos experimentaron puntos de inflexión durante la década de 1970. Históricamente, este tipo de desarrollos ha funcionado como un indicador adelantado de una inestabilidad política inminente.
Ciclos seculares muy largos interactúan con procesos de más corto plazo. En Estados Unidos se produjeron picos de inestabilidad aproximadamente cada cincuenta años, alrededor de 1870, 1920 y 1970, por lo que otro podía esperarse hacia 2020.”[1]
La predicción de Turchin resultó absolutamente correcta. Más inquietante, sin embargo, es la Teoría Sociodemográfica (SDT, por sus siglas en inglés) que la sustenta. La SDT sugiere que el peligro más profundo de la desigualdad económica es que empieza a desintegrar la propia sociedad. Erosiona los niveles de vida, transforma la competencia entre élites en conflicto abierto, debilita al Estado y deja el orden político cada vez más incapacitado para contener las fuerzas que él mismo ha producido.
En su libro de 2024, Fin de Partida [2], Turchin describe la condición resultante como una “era de discordia”, una descripción apropiada de la situación política actual para cualquier persona mínimamente informada. Este ensayo explica la SDT y la aplica al contexto colombiano como un marco material para comprender por qué el mundo, y la sociedad civil colombiana en particular, parecen estar entrando en otro ciclo de violencia política.
¿De dónde surge la inestabilidad política? Un resumen de la SDT
El supuesto inicial de la Teoría Sociodemográfica (SDT) es que todas las sociedades humanas complejas están compuestas por tres grandes grupos: la población común, las élites y el Estado. Los comunes, la clase productiva, producen los bienes y servicios que permiten la reproducción de la sociedad. Las élites influyen sobre los comunes y los dirigen, y se apropian del excedente producido por ellos, decidiendo así cómo se utilizará dicho excedente. Que las élites sean o no productivas por sí mismas queda fuera del propósito inmediato de la SDT y no altera ni su papel social ni las predicciones de la teoría: la contribución social de un empresario excepcional, un general de cuatro estrellas, un político o un científico solo puede materializarse en la medida en que otros ejecuten sus órdenes o apliquen sus ideas. Por lo tanto, en la definición de estatus de élite utilizada aquí, lo importante no es si las élites contribuyen productivamente por derecho propio, sino que ejercen una influencia desproporcionada sobre las acciones de los demás[3]. El Estado, por su parte, tiene como tarea más fundamental la preservación del orden social que sostiene su propia existencia.
El modelo parte de varios supuestos acerca de los objetivos de estos grupos:
- Las élites buscan preservar su estatus y mejorar su posición dentro de la jerarquía de élite.
- La población común busca, ante todo, asegurar sus medios de subsistencia. También puede aspirar a una posición social más elevada y, cuando sea posible, al ingreso dentro de la élite.
- El Estado busca principalmente preservarse a sí mismo manteniendo el orden social existente y, cuando es posible, implementar las políticas diseñadas por las élites (incluso en las democracias electorales existe mediación de las élites) [4].
La dinámica del sistema se deriva de varios hechos estilizados:
- Las élites no constituyen un bloque homogéneo. Turchin distingue al menos cuatro tipos: élites económicas, cuyo poder proviene del control de los medios de producción; élites militares, que controlan los medios de coerción (las armas); élites burocrático-administrativas, incluidas las figuras políticas y los funcionarios públicos que ejercen poder a través del Estado; y élites culturales (históricamente sacerdotes y, más recientemente, académicos, periodistas y artistas/creadores), cuyo poder proviene de proporcionar la base ideológica y la legitimidad de un orden social [5].
- Las estructuras de poder de las élites son piramidales. Solo existe un número limitado de posiciones de élite, y el número de posiciones altamente influyentes es aún más reducido. Hay más generales de tres estrellas que de cuatro estrellas, por ejemplo, y más millonarios que multimillonarios. Las redes de élite tienen, por tanto, una capacidad de carga limitada.
- La población de élite tiende a crecer más rápido que la población general o que la economía, cuyo crecimiento limita el número de posiciones de élite. La fórmula de Thomas Piketty r > g ilustra uno de los mecanismos detrás de esta tendencia: a largo plazo, la tasa de retorno del capital puede superar la tasa de crecimiento de la economía en su conjunto.
De una edad de oro a la codicia, la discordia y el terror
Imaginemos una sociedad atravesando una “edad de oro”, como la experimentada por las potencias occidentales durante la edad socialdemócrata (1950-1970). Los ingresos aumentan a lo largo de toda la estructura social. Las familias, tanto entre las élites como entre la población común, crecen porque los miembros de ambos grupos pueden permitirse mantenerlas. Las redes de élite permanecen por debajo de su capacidad de carga, permitiendo que muchos comunes asciendan socialmente. La desigualdad es relativamente baja, la movilidad social es relativamente alta y las instituciones funcionan eficazmente porque la polarización política es limitada y existe una satisfacción ampliamente extendida con el orden político.
Desafortunadamente, la población de personas que aspiran al estatus de élite crece más rápido que la capacidad de carga de las redes de élite. Esto es lo que Turchin y Goldstone denominan “sobreproducción de élites” (elite overproduction): con el tiempo, más personas buscan posiciones de élite de las que la estructura de poder puede absorber.
Esta es la primera gran fuente de inestabilidad porque la sobreproducción de élites genera dos presiones interconectadas. En primer lugar, las élites establecidas impulsan políticas destinadas a apropiarse una mayor parte de los recursos de la población común y del Estado, un mecanismo que Turchin denomina la “bomba de riqueza” (wealth pump). Esto, a su vez, genera los otros dos factores principales del modelo: la inmiseración popular (popular immiseration) y la decadencia estatal.
La inmiseración popular significa que los estándares de vida percibidos por la población común disminuyen. Esto no implica necesariamente una caída absoluta de sus condiciones materiales. Turchin argumenta que la inmiseración relativa, es decir, el estancamiento de los ingresos de las personas comunes en un contexto de creciente riqueza social, es suficiente para generar inestabilidad política. En otras palabras, el crecimiento económico por sí solo no hace que las personas sientan que sus vidas están mejorando; sus condiciones materiales deben mejorar a la par con el nivel “promedio” de la sociedad. Por su parte, la decadencia estatal es la degradación de la capacidad estructural del Estado para gobernar, recaudar ingresos y mantener el orden; el aumento del lobby y la corrupción, así como la ralentización y obstrucción de la implementación de políticas públicas, son algunos de sus principales síntomas.
Esta “era de la codicia” puede permitir la expansión de las élites durante algún tiempo, pero no puede absorber un número continuamente creciente de aspirantes. A medida que la movilidad social ascendente hacia las élites es más restringida, produce una población creciente de aspirantes a la élite frustrados e incapaces de ingresar a las redes de poder establecidas. Estos aspirantes a élites frustrados enfrentan dos opciones: aceptar una movilidad social descendente hacia la población común o utilizar sus conocimientos, recursos y redes para organizar a quienes han sido alienados por la inmiseración popular. Quienes eligen el segundo camino se convierten en “contraélites” (counter-elites), potenciales líderes de movimientos revolucionarios (de todas partes del espectro político). Esto es crucial porque, según argumenta Turchin, la inmiseración popular solo se convierte en una rebelión efectiva cuando adquiere comandantes, ideólogos, líderes políticos y organizadores, funciones que generalmente requieren conocimientos, recursos y redes más allá de los disponibles para una persona común [6].
La sociedad entra entonces en una “era de discordia”: caída de los salarios reales y aumento de la desigualdad a medida que se intensifica la bomba de riqueza; una sobreoferta de aspirantes a la élite, por ejemplo, mediante el crecimiento del número de jóvenes graduados con títulos de pregrado y posgrado; y una disminución de la capacidad estatal, visible en el bloqueo político, el aumento de la polarización [7], y una deuda que se aproxima a niveles insostenibles. La inmiseración popular y la sobreproducción de élites también pueden reforzarse mutuamente: si la población común no puede alcanzar una vida estable y digna sin credenciales de élite, como un título universitario, la demanda de estatus de élite puede expandirse rápidamente, produciendo más aspirantes que dependen de la bomba de riqueza e intensificando aún más el ciclo.
La tesis que planteo en este texto es que esta es la condición actual en Estados Unidos y Europa, e incluso de los Estados latinoamericanos satélite a occidente que se han visto obligados a importar parte de esta inestabilidad. Las contraélites ganan protagonismo, el radicalismo se expande y la violencia política se vuelve más frecuente a medida que los actores desafiantes atacan o desmantelan las instituciones que obstaculizan su ascenso.
Los Estados fuertes a menudo pueden contener estos desafíos antes de que amenacen al orden social en su conjunto. Pueden implementar reformas que debiliten la bomba de riqueza o exhibir suficiente capacidad coercitiva para disuadir una revolución completa. Muchos Estados no pueden hacer ninguna de las dos cosas. El resultado en tales casos extremos es un conflicto civil, una era de terror que persiste hasta que las presiones estructurales se resuelven: o las reformas reducen la inmiseración popular, o las contraélites son eliminadas económica o físicamente, o éstas derrotan a las viejas élites y establecen un nuevo orden.
Son necesarias dos precisiones. En primer lugar, la SDT es un modelo no aditivo. En términos sencillos, la inestabilidad política requiere la presencia conjunta de tres factores: sobreproducción de élites, inmiseración popular y deterioro de la capacidad estatal. Con una o dos no es suficiente. La probabilidad de inestabilidad aumenta rápidamente cuando los tres se intensifican al mismo tiempo. La inmiseración popular puede persistir durante largos períodos, incluso siglos, sin producir una revolución. La sobreproducción de élites puede permanecer manejable allí donde una inmiseración generalizada no proporcione a las contraélites una base social amplia, como podría sugerir el caso actual de China. Asimismo, los Estados débiles pueden perdurar en ausencia de fuertes presiones internas generadas por la inmiseración o la sobreproducción de élites.
En segundo lugar, hasta ahora la ideología ha estado ausente de la explicación. Esa ausencia es deliberada. Que una contraélite adopte un marco reaccionario, socialista o liberal solo modifica marginalmente los requisitos estructurales necesarios para un desafío viable a la autoridad estatal. Ese desafío sigue requiriendo una población reclutable creada por la inmiseración popular, y organizadores producidos por la sobreproducción de élites.
Esto no significa que Turchin o Goldstone ignoren la ideología. Más bien, los principios declarados por las contraélites no se traducen en políticas hasta una vez que estas toman el poder. La ideología también puede ayudar a identificar los orígenes sociales de las élites y las contraélites [8]. En cambio, Turchin establece una distinción entre élites antisociales y prosociales basada en su conducta. Las élites antisociales aceleran la decadencia social fortaleciendo la bomba de riqueza y, con ello, intensificando la inmiseración popular, la sobreproducción de élites y la decadencia estatal. Por lo general, adoptan una ideología que legitima esta conducta [9]. Las élites prosociales identifican las fuentes de inestabilidad e intentan una resolución pacífica, aunque esos esfuerzos suelen fracasar. Turchin estima que aproximadamente el 90 % de las eras de discordia terminan de forma violenta, con excepciones notables como el New Deal en Estados Unidos y el pacto socialdemócrata en Europa Occidental.
El caso colombiano: pequeños Estados, grandes potencias e inestabilidad persistente
La mayoría de las presentaciones de la SDT se concentran en grandes sociedades tratadas como si estuvieran relativamente aisladas de la influencia externa. Aplicar la teoría a sociedades más pequeñas sujetas al poder extranjero requiere flexibilizar ese supuesto.
Las potencias extranjeras pueden alterar el equilibrio de recursos entre élites y contraélites. Sin necesidad de una intervención directa, pueden apoyar a regímenes establecidos proporcionando al Estado recursos para derrotar a facciones contraelitarias. El Plan Colombia es un ejemplo. También pueden respaldar grupos rebeldes u otros actores desafiantes con el objetivo de desplazar a un régimen hostil e instalar uno más favorable. Este ensayo sitúa en esta categoría las intervenciones de Estados Unidos en Cuba (1962), Chile (1973), Venezuela (2025), Guatemala (1953), Irán (1953-1979) y Nicaragua (1979), junto con las intervenciones algorítmicas contemporáneas en elecciones en Colombia, Brasil, Argentina y Chile. La influencia externa también puede operar de manera indirecta, por ejemplo, mediante mercados de rentas ilegales que financian determinadas facciones contraelitarias (sí, los narcotraficantes también son aspirantes a élites).
El modelo también permite equilibrios dinámicos caracterizados por niveles persistentemente elevados de inestabilidad. Las sociedades no necesariamente oscilan entre una edad de oro completa y un colapso total. Algunas experimentan, en cambio, una degradación política de largo plazo salpicada por erupciones periódicas de violencia. Cualquiera familiarizado con la historia colombiana del siglo XX reconocerá un patrón similar: períodos de “paz tensa” en los que la violencia retrocede pero nunca desaparece por completo, especialmente en las zonas rurales, seguidos por estallidos generacionales. Un sistema de extracción intensificada y fuertemente concentrado en la cúspide produce continuamente nuevas generaciones de contraélites.
Un acontecimiento central reciente de la sociedad política colombiana fue la elección del expresidente Gustavo Petro, seguida por la elección de Abelardo de la Espriella. La elección de Petro estuvo precedida por conflictos dentro de la élite, incluida la disputa entre el GEA y Gilinski. Combinado con una inmiseración popular elevada, expresada en el estallido social, este conflicto preparó el terreno para las elecciones de 2022, que contaron no con uno sino con dos candidatos outsiders (Rodolfo Hernández y Gustavo Petro).
El gobierno de Petro logró cierta reducción de la pobreza, pero no abordó las condiciones estructurales que subyacen a la actual ola de inestabilidad política. La situación revolucionaria, por tanto, no se disipó. Junto con el colapso político del conservadurismo nacional, esto creó las condiciones para que un segundo outsider, Abelardo de la Espriella, ascendiera al poder. Abelardo, por su parte, promete un recrudecimiento de la violencia política, llevándonos a la parte más barbárica del ciclo. Tal desestabilización solo va a continuar hasta un cambio hacia élites pro-sociales que desactiven la bomba de riqueza, o de nuevo con un desenlace trágico, como caracteriza nuestra historia.
Conclusión: negarse a la desesperanza
Una lectura de la SDT deja una impresión trágica. Los seres humanos parecen condenados a revivir desastres políticos y económicos porque las élites utilizan repetidamente el poder que se les ha otorgado para perseguir su propio interés miope. Sin embargo, Turchin concluye su libro con una nota más esperanzadora al recurrir a la evolución cultural humana. Hemos sufrido muchas catástrofes, pero también hemos aprendido de ellas. La evolución cultural nos ha proporcionado tecnologías extraordinarias, incluidas tecnologías sociales (es decir, instituciones) que permiten a las sociedades ofrecer una calidad de vida sin precedentes históricos.
Esa evolución se detiene cuando las sociedades se niegan a experimentar con arreglos nuevos y mejores entre las élites y el resto de la sociedad. Si las élites insisten en comportarse de forma antisocial, como característicamente lo han hecho durante la era neoliberal, entonces la responsabilidad recae sobre nosotros, el “99 %”, para exigir que las clases gobernantes actúen de manera que promuevan el interés común.
— — —
Notas:

