En un video de Instagram de abril del 2025 Mauricio Cárdenas, ex Ministro de Hacienda durante los ocho años del gobierno de Santos y ahora precandidato a la presidencia para el 2026, nos dice en un tono entre bacaniado y condescendiente mientras se sube a una camioneta Toyota que “dejemos de encasillarnos entre ricos y pobres”[1]. José Félix Lafaurie, presidente ejecutivo de la Federación Nacional de Ganaderos (Fedegan) y esposo de la senadora María Fernanda Cabal del Centro Democrático, dijo en un Podcast en el 2024 que “aquí lo que hemos hecho es un inmenso esfuerzo, además maniqueo, para dividirnos entre ricos y pobres”[2]. Ingrid Betancur, actual candidata al senado, exsenadora y dos veces precandidata presidencial, dijo en un Twitter del 2024 que «Petro nos quiere dividir entre ricos y pobres»[3]. Este listado es ilustrativo y de ninguna manera exhaustivo, pues la expresión de que “no nos dividan entre ricos y pobres” u otros similares como “nos quieren llevar a la lucha de clases” son reiterativos en el panorama político colombiano. Es cuanto menos curioso que en uno de los países más desiguales del mundo, ante el llamado a disminuir la desigualdad, la respuesta de tantas figuras políticas sea insistir en que no nos dividan.
Vamos por partes. Quienes sostienen esto suelen pertenecer a la clase socioeconómica alta, han ocupado posiciones de poder en los últimos 30 años y en el espectro ideológico-político se encuentran a la derecha. Pero ¿por qué insisten que quienes enfatizan la existencia de ricos y pobres son quienes nos dividen? Parece extraño, pues un análisis estadístico y comparativo básico muestra que la división entre ricos y pobres en Colombia es de las más altas del mundo: en el año 2024 el 31% de la población colombiana (¡casi que una de cada tres personas!) vivió por debajo del umbral monetario de pobreza[4], y esta cifra es más impactante cuando se tiene en consideración que es la cifra de pobreza más baja que tiene el país. Esta pobreza convive con una riqueza enorme, y es esto lo que constituye la desigualdad: según el más reciente informe del World inequality lab, financiado por las Naciones Unidas, en Colombia el 10% más rico concentra alrededor del 70 % de la riqueza del país[5]; según el indicador de Gini de ingresos disponibles publicado por el Banco Mundial, en el 2024 Colombia se situó entre los cinco países más desiguales del mundo y el más desigual de América Latina[6]; según el índice Palma, que compara los ingresos del 10% más rico con el 40% más pobre, Colombia está entre los más desiguales de América Latina, y con pares en el mundo como Zambia o República Centroafricana[7]; según un estudio de Oxfam publicado en el periódico La República, el 88% de la riqueza generada en Colombia va al 10% más rico, mientras que el restante 12% de la riqueza va al 90% de la población[8]; según varias mediciones, Colombia es quizá el país más desigual en la tenencia de la tierra del mundo: el 1% de la población es dueña del 80% de la tierra en el país[9]. Esta dolorosa y aberrante realidad es el resultado de múltiples y complejos factores históricos, pero en todo caso parece cínico sugerir que quienes denuncian la desigualdad nos quieren dividir.
Sin embargo, es cierto que nombrar y cuestionar es el primer paso para hacer cognoscible una situación, y por lo tanto para hacerla real. En el ensayo El idioma analítico de John Wikins, Borges nos sugiere con su característico humor cómo todas las categorías y nombres son arbitrarios[10]. Pero en realidad las categorías no son del todo arbitrarias, sino que tienen vínculos estrechos con las relaciones de poder existentes en la sociedad. En este sentido, la insistencia en que “no nos dividan entre ricos y pobres” es cierta: denunciar esta realidad es llevar la división material que existe entre ricos y pobres al campo consciente, es desnaturalizarla, es ponerla en el debate público, es dividir. Y es esto a lo que parte de la clase política del país teme porque implica aceptar que su dirigencia no ha hecho mucho para resolver esta situación, y por el contrario sus posturas y políticas han permitido y facilitado tal estado de cosas. Porque tienen miedo a que, ante la desnaturalización de la desigualdad, la balanza política se incline y las cosas cambien. Esto implicaría algo más que la pérdida transitoria del poder político: el riesgo de que la concentración de la riqueza, junto con los mecanismos que la han hecho posibles, puedan ser desmantelados. Pero sobre todo porque tienen miedo a que otra verdad salga a la luz: que quienes en realidad dividen son aquellos que sostienen y perpetúan la desigualdad. Es un temor a verse así mismos en el espejo. Y justamente porque no han querido verse al espejo es que están convencidos de que la desigualdad en Colombia no es un problema grave y conciben sus grandes riquezas y privilegios como algo natural, tal como las antiguas monarquías creían realmente que era natural sus riquezas y privilegios. De hecho, de manera inconsciente, José Felix Lafaurie, luego de decir que “aquí lo que hemos hecho es un inmenso esfuerzo, además maniqueo, para dividirnos, entre ricos y pobres”, agrega los calificativos de “grandes, gordos, feos”. Y luego remata diciendo que “en cambio, los temas sobre los cuales deberíamos avanzar como país, no somos capaces de avanzar”, como si la diferencia entre ricos y pobres no fuera un tema relevante para avanzar como país. Más naturalizada la desigualdad, imposible.
A la denuncia de que “no nos dividan entre ricos y pobres” le suele seguir una curiosa invitación a unir en vez de dividir. Por ejemplo, Mauricio Cárdenas, luego de lamentar que nos dividan entre ricos y pobres, dice que “somos colombianos y tenemos que unirnos”. Las preguntas que hacen falta responder son por qué y para qué hay que unirnos. Aparentemente no es para disminuir la brecha entre ricos y pobres, sino para cosas más etéreas como “ser colombianos” o “avanzar en cosas importantes”. Porque la forma en que nombramos, caracterizamos y enfatizamos una situación también tiene el poder de hacerla invisible. Y así, la insistencia por una unión vacía es en realidad una invitación para que sigamos como si nada. Es una invitación a sostener en la superficie una relación de fraternidad que permita seguir haciendo invisible la desigualdad.
Para ir cerrando este texto es importante anotar que, aunque la desigualdad se manifiesta de manera más evidente en quienes suelen ser unos otros lejanos −los hiper ricos y los hiper pobres−, es un fenómeno que nos debe interpelar a todos: ¿cómo vivo yo en relación a la mayoría de las personas de Colombia?, ¿Cuáles formas de vida son coherentes con una sociedad menos desigual?, ¿A qué estaría dispuesto a renunciar para vivir en una sociedad menos desigual y con mayor cohesión social?, ¿Cuáles movimientos políticos priorizan la desigualdad como problema central? Por esto creo en la importancia de seguir insistiendo en la gran diferencia entre ricos y pobres en Colombia, que es una situación que debe estar en el centro de la discusión, y que ojalá más figuras políticas sigan haciendo énfasis en que esta realidad no es natural sino el resultado de múltiples factores históricos dentro de los cuales, sin duda, el ejercicio del poder político ha sido el principal. Esto, en vez de dividir, lo que abre es una oportunidad para unirnos por y en algo. En vez de incitar una guerra de clases, invita a poner fin a esta guerra que silenciosamente se ha librado contra los pobres. En vez de azuzar el odio, es una invitación a que el odio que genera la desigualdad no nos devore como sociedad.
Si el primer paso para combatir la desigualdad es desnaturalizarla, el segundo paso es problematizarla correctamente. Sobre esto escribiré en la segunda entrega de Sobre la desigualdad, titulada «La mejor política contra la desigualdad es el crecimiento».
Post scriptum (PS). Que la diferencia entre ricos y pobres esté en el centro del debate público no es lo mismo -ni justifica- la reciente e indolente declaración del ministro de Salud Guillermo Jaramillo en la que respondió “los ricos también lloran” a las preguntas sobre la crisis del Hospital San Rafael de Itagüí.

