Desde los años setenta, el New Age (Nueva Era) y otros tipos de espiritualidad pop se han ido consolidando a todo lo ancho del mundo capitalista. Han competido o se han imbricado con religiones tradicionales como el cristianismo y el hinduismo, y se han desarrollado de la mano de movimientos culturales como el hipismo. Y muchas de ellas adquirieron esta característica: con un inescrupuloso sincretismo, han tomado creencias y prácticas tan diversas como el panteísmo, la astrología, la angeología, el tarot, el zen, el yoga, el veganismo, las terapias holísticas, el mindfulness y el chamanismo, y las han amalgamado con las doctrinas del coaching, el empresarismo y la autoayuda de impronta neoliberal.

Pues bien, contra este tipo de espiritualidad contemporánea –en adelante, neo-espiritualidades– quiero afilar mi pluma. Y no solo porque en muchas de sus mezclas y manifestaciones haya claros ejemplos de una apropiación cultural descarada y colonizadora, sino porque en sus efectos estas neo-espiritualidades están muy lejos de ser inofensivas.

No es una casualidad que el auge de las neo-espiritualidades haya comenzado en la década de los setenta: como ya insinué, se trata de un fenómeno social que coincide y está íntimamente ligado al apogeo del neoliberalismo. Aclaremos este punto. Es un error reducir el neoliberalismo a una mera doctrina política y económica. Como explican acertadamente C. Laval y P. Dardot, el neoliberalismo se ha consolidado sobre todo como una “racionalidad” y –por lo tanto– como un conjunto de prácticas, discursos y valores que define de manera hegemónica nuestros modos actuales de ser, comportarnos y relacionarnos. Según estos autores, “la racionalidad neoliberal tiene como característica principal la generalización de la competencia como norma de conducta y de la empresa como modelo de subjetivación” [1]. De este modo, el neoliberalismo no se limitó a modelar un sujeto económico sino que definió un nuevo tipo de subjetividad política, moral y, por supuesto, espiritual.

Aquí es donde entran en juego las neo-espiritualidades. Si bien por regla general estas tendencias espirituales carecen de una unidad organizativa y doctrinal, sí comparten unas características comunes en cuanto al tipo de subjetividad que promueven: (i) un self que gestiona su propia espiritualidad, (ii) que pone como prioridad la autoconexión y la autocompasión, (iii) que anhela la abundancia y la prosperidad material, (iv) que es empoderado, emprendedor y productivo, y (v) que está obstinado en acumular experiencias novedosas. Todo esto llevado a la obsesión, a través de la amalgama de prácticas que anteriormente señalé. En este sentido, el sujeto promovido por las neo-espiritualidades reproduce –ahora en el plano del espíritu– las pautas de (i) individualismo, (ii) narcisismo, (iii) consumismo, (iv) competitividad y (v) superficialidad que le son propias a ese “empresario de sí” que es el sujeto neoliberal.[2]

Pero, ¿qué es aquello que hace tan riesgosa esta simbiosis entre neoliberalismo y espiritualidad?

En primer lugar, las neo-espiritualidades implican una peligrosa vuelta a la superstición (esa vieja enemiga de la inteligencia y de la libertad). En el caso particular, estas corrientes suelen atribuirles explicaciones “mágicas” a situaciones humanas como el éxito y el fracaso, la riqueza y la pobreza, la felicidad y la infelicidad; mientras ocultan, correlativamente, que estas situaciones están mediadas por factores históricos, políticos y económicos que sí que explican las posiciones de privilegio o vulnerabilidad desde las que participa un individuo en la sociedad. Hay muchos ejemplos en el mainstream: ¡Pon en tu casa tales velas o tales cuarzos para atraer abundancia! ¡Enfoca el poder de tu mente en aquello que deseas y compórtate como si ya lo hubieras recibido! ¡Saturno marca tu camino de esfuerzo y perseverancia, y Marte representa tus más profundos deseos!

El problema de estas prescripciones mágicas es que despolitizan las causas de los bienes y males humanos; y, por lo tanto, neutralizan el juicio y la acción crítica de los individuos que comienzan a creer que su vida poco tiene que ver con lo que ocurre en su contexto socioeconómico, con las decisiones políticas, con la cultura, etc. Vale la pena anotar que las neo-espiritualidades sí suelen responsabilizar a las personas de su propio éxito o fracaso, pero desde un enfoque exclusivamente individualista: fracasaste porque no cultivaste tu espiritualidad, porque no “manifestaste” correctamente, porque no te levantaste a las 5 de la mañana, porque no te dijiste “sí puedo” las veces suficientes. Así, si la vida solo depende de hechos mágicos o de actos estrictamente individuales, ¿qué sentido tendría levantarse colectivamente contra la injusticia? ¿qué necesidad de ejercer una ciudadanía activa y solidaria? ¿qué lugar tendría luchar por transformaciones en la sociedad y en la cultura?

En segundo lugar, un rasgo problemático de las neo-espiritualidades es la maleabilidad oportunista de sus contenidos. Precisamente la banalización y la extrema individualización de las prácticas espirituales al interior de estas corrientes (parasitadas, además, de las más diversas fuentes culturales) han posibilitado que sus contenidos sean manipulables y fácilmente combinables entre sí, a conveniencia del interesado. Por eso muchos críticos han señalado con acierto que las neo-espiritualidades se precian de ofrecer una especie de gestión de la espiritualidad a la carta, que le da a cada individuo la posibilidad de elegir en qué creer y cómo combinar sus prácticas espirituales según sus propias necesidades y deseos. O acaso sería mejor decir: según sus propios hábitos de consumo y rendimiento.

Desde luego, sería ingenuo pensar que esta gestión individualizada de la espiritualidad sea sinónimo de libertad, al menos en el sentido más profundo de la autonomía personal. De hecho, los criterios bajo los cuales se gestionan dichas formas de espiritualidad corresponden a los fijados –heterónomamente– por el sistema de normas y valores neoliberal: un sistema que ha sido impuesto en la cultura por medio de un aparato de condicionamiento ideológico sin precedentes (el marketing, la cultura empresarial, el coaching, la superación personal), cuando no por medio de acciones concretas de restricción de los derechos políticos y sociales (¿no fue la dictadura de Pinochet el primer gran experimento social del neoliberalismo? ¿qué decir de los gobiernos de Thatcher y Reagan, o más recientemente de Trump y Milei?).

En este ordenamiento neoliberal, la maleabilidad en todos los ámbitos humanos ha sido justamente uno de los dispositivos de control más importantes. Como explica el sociólogo Richard Sennett, “la organización flexible, a veces presentada como la oportunidad de moldear libremente la vida de uno, menoscaba en realidad el carácter y erosiona todo lo que la personalidad tiene de estable: los vínculos con los demás, los valores y los puntos de referencia”.[3] Así, para una subjetividad en la que todo es relativo, subjetivo-individual, “líquido”, incluso la espiritualidad –carente ya de una estructura simbólica que le brinde profundidad y estabilidad– queda peligrosamente librada al vaivén de las tendencias, las modas y la viralidad de los contenidos digitales hegemónicos. En otras palabras, al vaivén de los “modos de vida” que no cesan de incentivar los poderes económicos en el mercado, a través de instrumentos como el neuromarketing y el management digital, con el fin de crear y dominar nuevos patrones de consumo y producción.

Finalmente, y como corolario de todo lo anterior, las neo-espiritualidades han reproducido el dispositivo de rendimiento/goce, que es el principal dispositivo de eficacia del neoliberalismo. Como explica Michel Foucault, un dispositivo de eficacia es el conjunto de procesos de normalización y técnicas disciplinarias que modela a los individuos para que sean funcionales al régimen político y económico dominante. Particularmente, según señalan Laval y Dardot, el dispositivo neoliberal dirige al sujeto a “trabajar en su propia eficacia, en la intensificación de su esfuerzo, como si esa conducción viniera de él mismo, como si le fuera ordenada desde el interior por el mandamiento imperioso de su propio deseo.”[4]. Así, si quieres alcanzar la felicidad prometida, debes ser el trabajador más eficaz y el emprendedor más innovador; debes invertir y rentabilizar al máximo tu dinero; debes proyectar tu imagen en las redes sociales como una marca personal, consumiendo experiencias inolvidables y artículos de lujo, como si tu vida fuera en sí misma un capital que, a cada instante, se tuviera que rentabilizar.

En un interesante artículo académico, “Nuevas espiritualidades, neoliberalismo y subjetividad”, René Gallardo y Rodrigo Navarrete muestran cómo esto mismo sucede en el ámbito de las neo-espiritualidades: Sería posible observar una cierta trayectoria o tendencia entre los sujetos que va, inicialmente, desde el consumidor espiritual hacia un gestor/emprendedor espiritual como perfil ideal. Viajar a Oriente, acceder a maestros espirituales, realizar cursos y talleres, obtener certificaciones, etc., pueden leerse como inversiones del sujeto en sí mismo para materializar activos que acrecienten su capital espiritual y, de este modo, sentar las bases para ofrecer productos y servicios espirituales en el mercado. Los activos espirituales (spiritual asset), al ser materializados, incrementarían el capital espiritual, el cual otorga poder y, en definitiva, ventajas competitivas al individuo”.[5]

Esta ideología del rendimiento/goce no solo es nefasta porque somete al sujeto a un frenesí de consumo y competencia, sino –y sobre todo– a un vórtice de precariedad, agotamiento y frustración. Porque el dispositivo funciona como un círculo vicioso: primero se le impone al sujeto –a través de las redes sociales, de la publicidad, de la educación– unos modelos de deseo (consumo) que por definición son inalcanzables para la mayoría de las personas, sobre todo para aquellas que viven en contextos de pobreza y desigualdad; luego, se culpabiliza al mismo sujeto de su inevitable fracaso; pero luego, otra vez, prometiéndole una salida a la frustración, se le induce a desear desmesuradamente a través de sofisticadas técnicas de motivación, incentivación y estímulo”, entre las que ahora juegan un papel preponderante las neo-espiritualidades.

Según afirmarán Gallardo y Navarrete, a través de las neo-espiritualidades “el estrés, la depresión y el malestar se privatizan y se desconectan de las condiciones materiales, desbancando el sustrato de la acción colectiva y de la política transformadora”. De hecho, al mismo tiempo alientan un conformismo respecto del espacio social y un inconformismo compulsivo respecto de la interioridad personal. El individuo pone su subjetividad en falta e incompleta en el centro de todo, lo que obliga a la búsqueda permanente de experiencias más nutritivas, para lo cual el mercado espiritual ha creado una amplia oferta de productos, artículos, cursos, talleres, capacitaciones exclusivas o en vivencias fuera de la rutina social”[6]. De este modo, una vez diluido el sentimiento de alienación, neutralizado el pensamiento crítico acerca de la sociedad en la que vive, mercantilizado incluso el ámbito de su espiritualidad, podrá este Sísifo –modelado por la racionalidad neoliberal– seguir empujando su piedra.

Me gustaría afirmar, como lo han hecho otros autores, que las espiritualidades de las que he hablado en este ensayo pueden generar discursos alternativos y emancipadores, que las lógicas de la racionalidad neoliberal no podrán subsumirlas de una manera totalizante. Lastimosamente, soy pesimista a este respecto. Los rasgos que he mencionado en estas neo-espiritualidades no solo son elementos accidentales, ni tampoco tendencias minoritarias o pasajeras. Son –cabe insistir– su ideología, su credo, su racionalidad.

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Coda literaria

Durante la escritura de este texto leí que Paulo Coelho, uno de los best-sellers en el ámbito de las neo-espiritualidades, dijo en alguna entrevista: «Uno de los libros que hizo daño a la humanidad fue Ulises, que es solo estilo. Ahí no hay nada. Si diseccionas Ulises, sale un tuit». Estas palabras no dicen nada sobre la obra de Joyce, por lo menos nada que sea cierto, y en cambio dicen mucho del pensamiento de Coelho: superficial, autocomplaciente, inauténtico. Seguramente se seguirán escribiendo muchos libros acerca del valor estético de la novela de Joyce; también se escribirán muchos textos sobre el fenómeno Coelho, pero en otro sentido, preguntándose qué cosa andaba mal con nuestro tiempo que le permitió a “su mensaje” alcanzar tal nivel de masificación.

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Notas

[1] Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, Gedisa Editorial, Barcelona, 2013, p. 15.
[2] Las señas numéricas correlacionan las características de la subjetividad promovida por las neo-espiritualidades con los rasgos propios del sujeto del neoliberalismo que se indican unas líneas más abajo.
[3] Richard Sennett, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Anagrama, Barcelona, 200.
[4] Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, Gedisa Editorial, Barcelona, 2013, p. 332.
[5] René Gallardo Vergara & Rodrigo Navarrete Saavedra, “Nuevas espiritualidades, neoliberalismo y subjetividad”, En: Artigos do Fluxo Contínuo. Relig. soc. 42 (3) • Sep-Dec 2022.
[6] Ídem.