Existe la ilusión de que todos los países gozan de una soberanía plena y que son entidades políticas iguales. Sin embargo, la realidad es distinta: la relación entre naciones es una relación de poder. Es decir, hay países que son dominantes y subordinados, y otros que son intermedios con más grados de libertad que los segundos. Inglaterra dominó el mundo en el siglo XIX a lo largo de tres continentes −Asia, África y América−, y luego Estados Unidos (EE. UU.) tomó la hegemonía mundial en el siglo XX después de la segunda postguerra como líder del “mundo libre”.
El libro Imperialismo y el mundo subdesarrollado: cómo Gran Bretaña y los Estados Unidos de América forjaron la periferia global [1], escrito por Atul Kholi, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Princeton, presenta al imperialismo como un concepto necesario para comprender los últimos tres siglos desde la perspectiva de los países periféricos. El objeto del imperialismo es la búsqueda de oportunidades económicas, de mercados y el control de las fuentes de recursos naturales en beneficio de la nación hegemónica. El autor descarta de facto las razones ideológicas ofrecidas para justificar el uso de la fuerza como ‹‹las misiones civilizadoras, la defensa de los valores liberales o la protección de los derechos humanos››, según afirma Dasguta[2] en su comentario sobre la obra de Kohli. El imperialismo es una relación de poder que no necesariamente incluye la ocupación del territorio extranjero e imposición de un gobierno, como en el pasado colonial. El control directo o formal se expresa a través de la ocupación militar como en caso del colonialismo territorial que fue impulsado por ‹‹la ausencia de un gobierno centralizado en los países periféricos››[3] que sirviera los intereses del Imperio. El control indirecto o informal, una variante más sugestiva de la anterior, se basa en las relaciones de consentimiento en el que las élites locales aceptan su papel subordinado al mismo tiempo que se benefician en hacerlo. De acuerdo con Kohli, ‹‹el establecimiento y mantenimiento de los gobiernos pro estadunidenses en el poder ha sido la principal ruta para el imperio informal estadounidense››[4]. EE. UU. también usa la colaboración con otros países industriales, y ha promovido un sistema de instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), entre otros, con el objetivo de promover la prosperidad general como cortina para lograr sus propios intereses. En ambos casos la soberanía nacional queda sometida o subordinada a los intereses económicos nacionales del imperio. Y así, el lema que ‘EE. UU. no tiene amigos, tiene intereses’ es una realidad conocida hace tiempo.
El poder imperial se caracteriza por tres elementos: uno, en circunstancias normales, las élites metropolitana y periférica colaboran con el poder hegemónico: dos, el poder de veto del poder hegemónico sobre las políticas clave en los estados clientes; y tres, cuando la relación es desafiada, el poder imperial usa la coerción y hasta la violencia para el logro de sus objetivos. Gran Bretaña, el poder imperial del siglo XIX, usó la fuerza en Egipto y China para mantener el acceso económico a sus recursos. Pero a medida que se hizo más competitiva, su élite estatal entendió que la expansión económica requería de economías abiertas en la periferia para facilitar el comercio, la inversión y las oportunidades financieras para sus empresas nacionales −en contraposición a las conquistas militares y los altos costos económicos que conllevan. En el siglo XX, EE.UU. también entendió que para el logro de sus intereses económicos era necesario abrir las economías periféricas, y así ‹‹abrir las puertas de los otros se convirtió en la ideología estadounidense del imperio informal en el siglo XX››[5], especialmente después de la segunda postguerra. Aquellos que se interponían a sus políticas, comunistas o nacionalistas, tenían que controlarlos o domesticarlos; y cuando encontraban gobiernos recalcitrantes, se pasó a la desestabilización y al uso de la fuerza. Para sostener la apertura fue necesario instalar y mantener regímenes subordinados pero estables en el poder de los estados clientes. Además, dice Dasguta, las intervenciones en
‹‹Irak o Vietnam, Argentina o Irán, de los Estados Unidos se vuelven comprensibles y coherentes solo cuando se entienden dentro de un marco de búsqueda de su interés económico nacional, y no como decisiones singulares o contingentes de tal o cual grupo de actores. En otras palabras, no se puede hablar de política exterior estadounidense sin el vocabulario conceptual del imperio››[6].
Frente a la crisis de la deuda de los años de 80’s en América Latina, la prioridad de los EE. UU. fue asegurar la solvencia de sus bancos, recibiendo las amortizaciones del capital y los intereses. Para esto utilizó al FMI, a BM y otras instituciones multilaterales para que se hicieran cargo de la situación mediante los llamados “ajustes estructurales” que condujeron a que las economías latinoamericanas arrojaran superávits primarios (mayores ingresos que gastos del gobierno) que permitieran el pago de las deudas. Esto se conoce como el Consenso de Washington (CW), que desarticuló el modelo Cepalino de sustitución de importaciones que fue relativamente exitoso entre 1950-1980 en América Latina. De esta manera se abrió la economía, y la coerción fue deliberada y poderosa para restringir seriamente la elección de políticas económicas de los gobiernos, a pesar de que los prospectos eran muy poco favorables para el crecimiento económico −como en realidad lo fueron. Sin embargo, a EE. UU. tampoco le tiembla la mano para el uso la fuerza, como sucedió en los casos en que no pudo domesticar a sus opositores como en Vietnam e Irak, con guerras de aflicción con costos enormes en vidas, locales y estadounidenses.
Hay varias diferencias entre el imperialismo Británico y el de los EE. UU. La primera es que la economía continental estadounidense en el sigo XX fue más autosuficiente en comparación con las islas británicas. Una segunda diferencia es que la emergencia de la democracia en las metrópolis y la política de masas en la periferia ha alterado la naturaleza del imperialismo. El nacionalismo y la política de masas en el siglo XX alteró las estructuras sociales de los países periféricos. Por lo tanto, ‹‹el imperialismo moderno se enfrenta, no a las élites locales, de marajás, pachás, sultanes, jefes tribales que colaboraron con los británicos, sino con la emergencia de la política de masas››[7] que es menos domesticable y mucho más sensible a los derechos nacionales de la soberanía. Así, imponer un orden imperial en el mundo contemporáneo es una tarea mucho más complicada cuando se confronta a los nacionalistas movilizados. Una tercera diferencia es que el imperialismo ha cambiado de objetivo: en el siglo XIX fue el libre comercio, mientras en el siglo XX hubo un avance hacia la protección de las inversiones en el extranjero, la preocupación por las finanzas y, recientemente, el control de los recursos naturales minero-energéticos estratégicos para la revolución tecnológica en comunicaciones (TICS) y la inteligencia artificial.
¿Es China el próximo imperio?
¿Cuál será la trayectoria de la hegemonía imperial estadounidense? ¿habrá imperios emergentes, como China, que siga los pasos de Gran Bretaña y de EE. UU? Los EE. UU. no necesitan de un imperio territorial extensivo, como sí lo necesitaban los británicos, dados su tamaño y sus vastos recursos. Además, ha logrado más, en cuanto a sus objetivos, con medios encubiertos o indirectos que a través de medios directos o militares −sin por esto haber renunciado al uso de la fuerza en reiteradas ocasiones, como el reciente caso de la intervención militar en Venezuela. EE. UU no quiere colonias, quiere estados clientelares y subordinados en la periferia que exporten commodities (materias primas). Pero cuando la democracia se hace extensiva en la periferia, los gobiernos clientelares son cada vez más confrontados por la política de masas nacionalistas, lo que coloca a los EE. UU. en el dilema de intervenir o no. Ni las normas globales ni la opinión pública podrán convertir al imperialismo en una reliquia del pasado. Por lo tanto, el camino más probable para los EE. UU. es que siga buscando sus intereses económicos sin grandes intervenciones militares, pero sí operaciones encubiertas. Sin embargo, le quedará muy difícil administrar su gran excedente de poder militar que hace que, de tiempo en tiempo, ignore los costos de las intervenciones y por lo tanto las repita, dejando los costos monetarios sobre las espaldas de los ciudadanos con los impuestos, y las muertes por parte de los soldados estadounidenses.
La expansión China, por su parte, refleja enormes necesidades de materiales y recursos para satisfacer sus intereses económicos. Muchos países periféricos vienen dependiendo de manera creciente de las exportaciones de China, así como en el financiamiento de la inversión en infraestructura y explotación de los recursos y la producción de commodities. Sin embargo, todavía no se puede decir que ‹‹China está construyendo su imperio informal››[8]. Después de cuatro décadas de crecimiento continuo a tasas espectaculares, China produce el 25% del PIB industrial del mundo, y tiene las reservas de moneda extrajeras más grandes en comparación con otros países. Además, China compró en 2015 más del 50% de las importaciones globales de acero, hierro, aluminio y de soya. Por otro lado, las inversiones extranjeras directas chinas también han crecido para la producción de recursos que satisfagan sus necesidades de crecimiento y desarrollo.
Si bien puede ser cierto que la expansión económica de China sea similar a la seguida por Inglaterra y EE. UU. en el pasado, los mecanismos no lo son. La economía abierta creada por los EEUU ha servido a los intereses chinos, tanto para satisfacer su demanda de commodities como para exportas su creciente producción manufacturera. Al mismo tiempo, China ha prolongado la supervivencia del Consenso de Washington, y cuando tiene oposición, China ha preferido los sobornos a la fuerza. En caso de que llegue a usar la fuerza en contra de algunos países endeudados con ella, como Pakistán, ingresaría a los países imperialistas, pero hasta ahora el uso de la fuerza ha sido marginal.
El primer ministro canadiense Mark Carney pronunció en Davos (Suiza) un discurso[9] que dejó al descubierto la hipocresía del orden internacional bajo la hegemonía estadounidense que ha sido articulado por Donald Trump en National Security Strategy of the United States of America[10]. El discurso de Mark Carney dice así: ‹‹Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en reglas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios, nos beneficiamos de su previsibilidad. Y debido a eso, podríamos seguir políticas exteriores basadas en valores bajo su protección››. Sin embargo, ‹‹sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximirían a sí mismos cuando fuera conveniente, que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con un rigor variable dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima››. Además, ‹‹No puedes vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración, cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación››. Y concluye: ‹‹Los poderosos tienen su poder. Pero también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, nombrar la realidad, construir nuestra fuerza en casa y actuar juntos››.
¿Tiene futuro el imperialismo? Kholi sostiene que se tiende a ser benevolente con el pasado. Sin embargo, para mejorar el presente hay que enmendar las equivocaciones pasadas, ‹‹por lo tanto, en un mundo de estados-naciones es importante fortalecer los acuerdos, e instituciones, que desestimulen a los estados poderosos a imponer su voluntad sobre los débiles››[11] (p. 420). Y yo agregaría: tampoco, se debe permitir que los estados fuertes definan lo qué es correcto, como hasta ahora.
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* Este texto es una versión modificada de la nota editorial de la revista Ensayos de Economía de la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín, edición julio-diciembre 2023, https://doi.org/10.15446/ede.v33n62.108996
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