Hasta hace unas décadas, en Colombia considerábamos que las lógicas de exclusión de las ciudades desmembraban el derecho a habitarlas sólo a quienes eran víctimas del control colonial histórico, como a las comunidades indígenas y afrodescendientes, o también a los más de 8 millones de desplazados del campo a razón de un conflicto armado estructural que los obligó a enfrentarse a un cambio de vocación productiva. Hoy, las desigualdades espaciales que excluyen a los sujetos se presentan con diferentes formas, en los que las transformaciones urbanas aceleradas están lejos de la gentrificación convencional limitada a la compra de vivienda, al aumento del valor del suelo y a la renovación de las casas viejas de nuestros barrios, con la expulsión masiva de los habitantes. Las lógicas de exclusión de la ciudad nos enfrentan a fuerzas mucho más poderosas que la del propietario promedio, habitantes de residencias en alquiler o proyectos de planificación: están los especuladores, desarrolladores, inversores, mercado inmobiliario, gobiernos locales y nacionales, nuevas demografías, comercialización de barrios y, por supuesto, nosotros mismos.
Habitar un espacio en constante transformación urbana es quedarse sentado en un vehículo durante horas para poder llegar a un espacio que antes estaba a unos minutos; es enfrentarse a inundaciones y desastres naturales, a razón de una lógica de planificación difusa que dejó a la espontaneidad urbana los flujos de las cuencas hídricas; es vivir en un espacio habitado y visitado por personas que ya no son las mismas que recordábamos en la infancia y que constantemente quieren tomar fotografías con sus cámaras análogas de nueva generación, capturando en imágenes tipo vintage como espectáculo para las redes sociales las formas en las que caminan, se sientan a tomar café o consumen un plato de comida adornado con flores; es ser expulsado, desalojado o reubicado. En este fenómeno espacial somos víctimas, pero en una cómoda postura nos quedamos por fuera de la responsabilidad social, enunciando una postura única en el juicio de valor, cantando canciones sobre la gentrificación y reposteando reels y shorts que señalan a la gentrificación como nuestra nueva enemiga silenciosa.
Sin dejar de lado las grandes estructuras neoliberales y la responsabilidad del gobierno local, es necesario recordar que nosotros no solo vivimos las transformaciones espaciales y las asimilamos según nuestras historias; también las encarnamos, las reproducimos siendo producto social de las mismas, las legitimamos y, por supuesto, las fortalecemos. Pensar en la ciudad es pensar en el cuerpo, en las emociones, en la existencia, en los sujetos. Pardo así lo precisa de una manera muy concreta y articulada a una clara superación del pensamiento dual: ‹‹Nuestro existir es siempre un “estar en”, es estar en el espacio, en algún espacio, y las diferentes maneras de existir son, para empezar, diferentes maneras de “estar en el espacio”. El hecho de que nuestra existencia sea forzosamente espacial tiene, sin duda, que ver con el hecho de que somos cuerpo(s), de que ocupamos un lugar›› [1]
Y acá con esto es necesario afirmar que el cuerpo ocupa un lugar porque existe un lugar para ser ocupado y, por lo mismo, de la espacialidad es difícil liberarse; es decir, los problemas territoriales se reflejan en las formas y prácticas de los sujetos. Es posible entonces designar así una categoría alusiva: la del gentrificador marginal que, según Rose[2], es quien participa del proceso de transformación y revalorización de un barrio; es de hecho un actor gentrificador que posee un capital económico limitado o que no cuenta con un gran poder adquisitivo, pese a tener un alto nivel educativo o cultural. En esta nominación caben todos aquellos que buscan vivienda asequible a través de un endeudamiento convencional en el banco o reuniendo ahorros que durante años fueron destinados a un sueño materializado en una casa, apartamento o negocio.
La presencia de los gentrificadores marginales termina generando renovación urbana, restauración de propiedades antiguas y revitalización de mercados locales; los municipios y ciudades terminan, a la larga, siendo atractivas para inversores de gran capacidad adquisitiva que aumentarán posteriormente el valor del suelo como negocio. En este punto, una primera paradoja a la que se enfrenta el gentrificador marginal es que actúa como pionero de la gentrificación y, en su esfuerzo por hacer parte de una movilidad social y económica ascendente, prepara lentamente el camino de su propio desplazamiento. El lente atento de la maquinaria inmobiliaria y todas las estrategias de mercadeo impulsadas por creadores de contenido harán que el gentrificado marginal tenga que abandonar su residencia por alquiler o por propiedad, su barrio y sus relaciones de vecindad a razón de unos gastos que no se cubren con sus ingresos, de la disparidad en el acceso a servicios públicos, a la educación, a la salud, a los espacios verdes.
Desde esta perspectiva, Rose[3] y Kern[4], coinciden en afirmar que el gentrificador marginal es muy particular y se diferencia del esquema del gentrificador convencional, porque con el ánimo de fortalecer una práctica emancipatoria frente al derecho a la ciudad, en búsqueda de un estilo de vida lento en el que se dice, se valora más la experiencia que la pertenencia, en el que se huye de la homogeneidad suburbana, termina convirtiéndose en un precursor del desplazamiento de la población original y de sí mismo. A razón de esto, en las descripciones del gentrificador marginal, podemos encontrar artistas y trabajadores creativos, parejas jóvenes sin hijos y con mascotas, solteros y solteras, profesionales con ingresos temporales, emprendedores del ecoliving, que buscan huir del sistema citadino en aras del supuesto consumo responsable, el aire limpio y la seguridad. Bajo esta lógica, este tipo de gentrificadores marginales, poseen un gran capital cultural que desde la perspectiva de Bourdieu, se comprende como ‹‹el conjunto de elementos simbólicos (habilidades, gustos, actitudes, vestimenta, costumbres, bienes materiales, títulos, etc.) que se adquieren al formar parte de una clase social en particular. Compartir formas similares de capital cultural con los otros – el gusto por las mismas películas, por ejemplo, o un título de una universidad de la Ivy League- genera un sentido de identidad colectiva y de posición de grupo››[5] .
Esto significa que, incluso cuando no se cuenta con una gran cantidad de recursos económicos o ingresos extremadamente altos, las personas que poseen el adecuado capital cultural en el lugar y el momento exactos definirán a través de los sentidos de lugar nuevos límites de exclusión e inclusión. Se presenta entonces una segunda contradicción que llamaremos en esta reflexión la paradoja del capital simbólico en la maquinaria de la ciudad creativa, puesto que en lo que respecta a la gentrificación, los artistas, publicistas, diseñadores y creadores, especialmente llaman la atención por su papel determinante en las estéticas urbanas alterando con su poder cultural, las apariencias, funciones y valores sociales de los municipios, ciudades y zonas que están siendo gentrificadas.
En el mundo, y para nuestro caso, en Colombia, zonas como la Candelaria en la Ciudad de Bogotá o el municipio de El Carmen de Viboral en Antioquia, los artistas y artesanos han sido precursores de cambios culturales que han impulsado propuestas de planificación territorial vinculadas a la creatividad con el ánimo de preservar prácticas tradicionales. Lo que sí es cierto es la mercantilización de estas estéticas urbanas y las diversas manifestaciones de la identidad territorial en estos lugares, ha hecho que la revitalización cultural y artística sea el caldo de cultivo para emprendimientos diversos de los cuales el mercado inmobiliario ha sabido aprovecharse ventajosamente. Lo contradictorio sigue siendo que los freelance, profesores de yoga, dueños de cafés con conceptos de repostería saludable, guías de tours por talleres artísticos, murales y esculturas públicas, precursores del teatro local, pequeños productores de chocolate, dueños de hostales con concepto comunitario, los líderes de las huertas colectivas, los productores de música, instrumentalistas, etc., acuden a prácticas, imágenes, apariencias, olores y estéticas uniformes para posicionar la imagen urbana de su talento o iniciativa. Esto potencialmente atraerá la llegada de habitantes e inversores que, por supuesto consumirán y disfrutarán de sus propuestas pero que, a la larga, serán claves para construir el camino de su propia expulsión territorial.
No quiero decir en este punto que el espectador, el creador de contenido, el turista o el hípster que trabaja en un café con su Mac con unos lentes de marco grueso sean los únicos responsables de la gentrificación. Lo que sí es cierto es que cuando la estética, la apariencia de lo bello o el adorno se convirtieron en algo mucho más importante que las prácticas identitarias, los lugares de conversación intergeneracional o los productos de tradición, todos adquirimos un papel determinante en este proceso urbano violento. En esta nueva estética dominante instagramiable, se volvió común cambiar el café de greca tradicional por el té matcha o la galleta de cuadros blancos y negros por el croissant relleno de crema de almendra; y si bien, esto no es una práctica de consumo mal intencionada, nos aísla del dialogo intergeneracional y nos hace perder de vista el valor de habitar la ciudad con conciencia de elección y no por imposición silenciosa de las tendencias y las modas.
Quien es gentrificado, no es gentrificado porque quiere, ni mucho menos; en esta reflexión confirmo la responsabilidad de la falta de inversión social, o de quienes le apuestan a la ganancia potencial de una economía política urbana que hace parte del sistema de valores económicos predominantes; también confirmo la responsabilidad del aumento del valor de la vivienda o de la amplitud de la brecha frente a los desarrolladores inmobiliarios que obtienen ganancias ventajosas; confirmo la responsabilidad que tiene la falta de regulación en materia de vivienda, en el mercado de tierras y en plataformas digitales como Airbnb, la responsabilidad gubernamental que se tiene sobre la zonificación y las decisiones sobre el uso de la tierra o en la planificación del territorio. Pero también confirmo que muchos acentuamos la gentrificación con nuestras prácticas de consumo cotidiano y muchos como yo, siendo gentrificadores marginales tenemos un papel relevante en la creación de escenarios comunitarios que no nos dividan y que nos convoquen a conversaciones colectivas. Para algunos, la gentrificación es algo inevitable, lo cual genera desesperanza en un rol pasivo de testigo, y este relato que termina encajando perfectamente con quienes se benefician, nos desarticulamos de la lucha comunitaria, porque la gentrificación no es solo una cuestión de clase, o de poder económico, está también relacionado con el poder simbólico, o incluso cuestiones que se desarrollarán en otros espacios como el matiz étnico, de género o colonial que tiene este problema territorial.
*Reflexión dedicada a la recientemente fallecida profesora Raquel Pulgarín Silva; quién me llevó a conocer los caminos de la geografía. ¡Hasta siempre!
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Notas:

