Escribir un diario íntimo es mucho más que un entretenimiento adolescente. Cuando comencé a escribir el mío –hace siete años– no sospechaba que se tratara de un ejercicio a la vez tan bello y tan perturbador. Tampoco sabía que exigiera de tanta disciplina espiritual. El caso es que llevar un diario íntimo se ha convertido para mí en una de las ocupaciones más importantes y, por eso, en este texto, quiero hacerla objeto de alguna reflexión.

El primer impulso

Empecé a escribir mis diarios el 16 de noviembre de 2018. A pesar de que me había acercado a algunos diarios de escritores y artistas, que casi nunca llegué a leer completamente, no se me había ocurrido la idea de escribir uno propio. Ni siquiera como lector me había tomado en serio esta modalidad de las llamadas escrituras del yo. Fue solo gracias a un seminario de la Maestría en Literatura, dictado por el profesor Selnich Vivas, que conocí la potencia literaria y vital de los diarios íntimos. Allí leímos parte de los diarios de José María Arguedas, publicados en El zorro de arriba y el zorro de abajo, en los que el autor hablaba de manera descarnada de su intención de suicidarse. Me permito citar in extenso para que el lector entienda por qué estos diarios me produjeron tanta impresión:

‹‹Hoy tengo miedo, no a la muerte misma sino a la manera de encontrarla. El revólver es seguro y rápido, pero no es fácil conseguirlo. Me resulta inaceptable el doloroso veneno que usan los pobres en Lima para suicidarse; no me acuerdo del nombre de ese insecticida en este momento. Soy cobarde para el dolor físico y seguramente para sentir la muerte. Las píldoras –que me dijeron que mataban con toda seguridad– producen una muerte macanuda, cuando matan. Y si no, causan lo que yo tengo, en gentes como yo, una pegazón de la muerte en un cuerpo aún fornido. Y ésta es una sensación indescriptible: se pelean en uno, sensualmente, poéticamente, el anhelo de vivir y el de morir. Porque quien está como yo, mejor es que muera››.

Más adelante, agrega el autor:

‹‹Escribo estas páginas porque se me ha dicho hasta la saciedad que si logro escribir recuperaré la sanidad. Pero como no he podido escribir sobre los temas elegidos, elaborados, pequeños o muy ambiciosos, voy a escribir sobre el único que me atrae: esto de cómo no pude matarme y cómo ahora me devano los sesos buscando una forma de liquidarme con decencia, molestando lo menos posible a quienes lamentarán mi desaparición y a quienes esa desaparición les causará alguna forma de placer››.

En efecto, Arguedas se disparó en la cabeza antes de la publicación de la obra, demostrando la seriedad y transparencia de lo que escribía: hasta se podría decir que en sus diarios tomó por escrito la decisión fatal. En esta actitud extrema del escritor comprendí que sus diarios no se limitaban a narrar descriptivamente vivencias pasadas, sino que eran –sobre todo– un medio reflexivo para pensar y decidir sobre el proyecto de vida (o de muerte). Sus diarios, aún en la tragedia, funcionaban como un instrumento de la autonomía personal.

Por supuesto, eran otras las angustias vitales que en ese momento yo debía encarar. Sin embargo, me pareció que valía la pena asumir la escritura del diario como una forma de autoconocimiento, un método de decisión y un ejercicio literario. Quien me propició el aliento definitivo para escribir fue mi amigo Danilo Garcés, que desde hacía años llevaba un diario y –según me decía– daba con él mayor duración y entidad a las cosas que vivía. Y tenía razón.

Instrucciones de uso

Prepárate para tachar o arrancar la primera hoja del cuaderno. No te gustará lo primero que escribas. Tampoco te gustará lo segundo. Finalmente pondrás: “Hoy tengo que iniciar este diario, sea como sea”, acosándote, a sabiendas de que esta empresa tiene algo de ridículo. Luego, para justificarte a ti mismo, explicarás por qué escribir estas notas será un ejercicio espiritual. Y en ese mismo instante, te cuestionarás: ¿es narcisismo? ¿es exhibicionismo?

Con eso habrás avanzado un trecho importante: una fecha, tu primera entrada. Pero todavía harán falta muchos días de práctica para empezar a atisbar una voz propia, que es lo más importante. ¿Cómo se consigue esa voz definitiva? No se consigue, apenas se atisba, y hay que seguirla buscando, siempre.

Primero tu voz será artificiosa, pomposa, harás explicaciones innecesarias y no terminarás diciendo nada de ti mismo o de ti misma. ¿Esperas que te lea algún lector desconocido y, por eso, prefieres no darle una mala impresión? Después dirás alguna cosa sincera pero ininteligible. Llenarás páginas de eufemismos y lugares comunes. Incluso, en la búsqueda de una voz propia, harás lo que prometiste que nunca harías, es decir, limitarte a escribir los acontecimientos del día. Querido diario. Escribirás con palabras de adolescente.

Entonces, ¿no hay forma de saber si uno va por buen camino? Sí la hay, cuando uno empieza a consignar en el diario la lista del mercado. Ahí aparece la obra. En ese momento la forma y el contenido se hacen una y la misma cosa.

¿Debes quemar tus diarios íntimos? No, salvo que la muerte avise y esté próxima. ¿Hay que releerlos? Siempre. A mi amigo Mauricio Alejandro López, por ejemplo, le gusta leer sus propios diarios los treintaiunos de diciembre. ¿Es lícito publicar los propios diarios mientras uno sigue vivo? Eso es narcicismo y es exhibicionismo.

Las trampas de la memoria y de la (auto)percepción

La memoria le juega a uno trampas y le hace creer que la propia vida es como un relato ordenado y coherente. La memoria no admite rupturas ni lagunas, y cuando estas aparecen se afana en colmarlas, a veces con una desaforada imaginación. De suerte que para la memoria las grandes alegrías y tragedias de la experiencia vital son como parte de una trama deliberada y lógicamente urdida por un autor: uno mismo, el destino o Dios.

En este sentido, los diarios son una especie de antídoto contra este error en la percepción. Al releer lo que he escrito meses o semanas atrás, me percato de que mis recuerdos, ideas y emociones varían con una furiosa y desordenada rapidez. Y no es que antes ignorara que el paso del tiempo cambia todas las perspectivas, pero por un artificio de la memoria sentía que en ese proceso existía algo de continuidad y coherencia. Ahora tengo la sensación de que mi pensamiento y mi experiencia del mundo son irremediablemente fragmentarios, erráticos y contradictorios.

Así, ¿puedo tener algún conocimiento certero de mí mismo? Parece que no, al menos si me valgo solo de la memoria. Pero aun si escribiera en mis diarios cada acontecimiento, cada sentimiento, cada valoración, mi propia subjetividad seguiría siendo misterio. Y claro, uno es un punto ciego para su propia reflexión porque no puede considerarse a sí mismo ‹‹en frío, imparcialmente››, como escribía César Vallejo. La mayoría de las veces a uno lo arrebata el sesgo: o se juzga demasiado benévolamente, justificándose; o con demasiado rigor, despreciándose. Es una trampa de la autoestima.

Sin embargo, percatarse –en la experiencia– de que la memoria también es una suerte de ficción es ya un avance en la empresa de conocerse a sí mismo. Por lo menos, hace uno conciencia de los límites de la autopercepción y de la autovaloración. En este sentido, se me ocurre esta otra idea. Hacer conciencia de estos límites es sembrar una duda que –como todas las dudas asumidas metódicamente– puede tener una importante repercusión ética: si me doy cuenta de que hasta los juicios que hago sobre mí son falibles y contradictorios, necesariamente debo reconocer que puedo estar equivocado en cada juicio que hago sobre los otros. De este modo, ¿cómo voy a condenar a la ligera a quien piensa o actúa diferente a como yo creo que es debido?

Los géneros de las escrituras del yo

Como lector también me he acercado con mayor entusiasmo a los géneros de las escrituras del yo, es decir, a los diarios íntimos, las memorias, las autobiografías, las confesiones, las meditaciones, las correspondencias. Y he encontrado en este basto y no siempre bien ponderado universo literario, además de una extraordinaria belleza, la más descarnada reflexión sobre las esencias humanas: en estas literaturas uno puede encontrar un gran acopio de experiencias y sentimientos puestos en escena en el laboratorio de las más diversas subjetividades y en los más variados contextos fácticos.

Anna Frank relata cómo habitó una enrarecida vida cotidiana, mientras se escondía con su familia en una buhardilla para tratar de sobrevivir a la persecución nazi contra los judíos; Franz Kafka consigna la defensa de su vocación literaria frente a las demás exigencias de la vida práctica; Agustín de Hipona deja constancia de lo que hubo en su vida de profano y de sagrado (y uno siente más encanto por lo primero); Marco Aurelio edifica toda una filosofía con el andamiaje íntimo de su subjetividad; en fin, no pocas monjas de clausura escriben, en siglos pasados, autobiografías por encargo de sus confesores para discernir si sus experiencias místicas son obra de Dios o del Diablo.

Es difícil no acercarse a obras de esta naturaleza con una mezcla de interés voyerista, devoción estética y empatía. En primer lugar, interés voyerista porque al acceder a estas obras el lector no se contenta con la verosimilitud (esperada en la literatura de ficción) sino que pretende hurgar en la veracidad del mundo interior y, en todo caso, privado del autor: no se trata de un pacto de ficción, entre el lector y la obra, sino de un pacto de intimidad. A veces los escritores han autorizado explícitamente la publicación de sus textos íntimos, sin embargo en la mayoría de los casos los autores han sido expuestos sin su consentimiento expreso o tácito. Posiblemente el caso más conocido sea el de Kafka, quien dispuso que todo lo que había escrito debía ‹‹incinerarse sin leerse y hasta la última página››, y no obstante ninguna obra íntima ha sido tan publicada, traducida, difundida y estudiada como la suya… por fortuna.

En segundo lugar, aparece la devoción estética frente a muchos afortunados ejemplos de las escrituras del yo que, por su forma y contenido, pueden ser considerados verdaderas obras maestras del arte literario. Además de los que ya cité algunos párrafos atrás, uno podría pensar en la gran belleza de los diarios íntimos de Cesare Pavese (con el sugestivo título de El oficio de vivir), Alejandra Pizarnik, Susan Sontag, Julio Ramón Ribeyro, León Tolstoi y muchísimos otros. En Colombia no debe pasarse por alto un hermoso híbrido entre epístolas, memorias y diario íntimo: Memorias por correspondencia, veintitrés cartas que la artista plástica Emma Reyes le envió a Germán Arciniegas, y que fueron leídas con entusiasmo por el mismo García Márquez antes de su publicación, pese a que la autora no quería que las cartas fueran más que una conversación privada entre dos amigos.

Por último, las escrituras del yo punzan profundo en los sentimientos de empatía. El protagonista, el narrador (o enunciante) y el autor de la obra son la misma persona. Una persona de carne y hueso que ha volcado sobre el papel su experiencia vital, sus alegrías y angustias, sus aventuras y tragedias personales, su condición vulnerable. Así, la humanidad del autor impacta la conciencia del lector y –pese a la admiración o pavor que aquel le cause– se hace de algún modo cercano. Allí nace un vínculo imaginario, aunque no menos afectivo. A fin de cuentas, una naturaleza común nos une y ésta pocas veces se hace más patente que en los gestos cotidianos de bondad, vacilación y vileza. Como lector, he caminado, al menos en la imaginación, con estos autores, y ellos han iluminado mi propio camino.

Una escritura oracular

Es bien conocida la leyenda inscrita a la entrada del templo que, en Delfos, estaba consagrado al dios Apolo: γνωθι σεαυτόν (conócete a ti mismo). Se trata de una máxima que ha atravesado toda la historia del pensamiento occidental y que, desde Sócrates hasta Foucault, ha exigido abordar muchos de los núcleos problemáticos más sensibles de la filosofía práctica: quién soy yo, cómo me debo comportar conmigo y con los demás, cuáles son los verdaderos motivos de mis sentimientos, decisiones y acciones.

A este respecto, ¿un diario íntimo podrá encarar todas estas cuestiones y, en consecuencia, podrá ser una buena herramienta de conocimiento personal? La intuición al mismo tiempo me dice que sí y me dice que no. En un acápite anterior ya hablé de la dificultad de tener un conocimiento certero sobre uno mismo y del avance que supone tener consciencia de esa dificultad. Pero lo más paradójico es que si nos atenemos al pensar de Heráclito –‹‹El dios cuyo oráculo está en Delfos, no dice nada y no oculta nada, solo hace señas››–, nos topamos con que la escritura de un diario íntimo no es menos oracular que la inscripción délfica para quien lo escribe. Pues aun cuando en la intimidad del diario uno logre escribir mucho –en cantidad– sobre su propia subjetividad, lo más esencial y lo más difícil será interpretar las señas (¿del inconsciente?) que resultan del proceso escritural.

Ciertamente, esas señales brumosas son las que contienen los retazos de esa verdad sobre uno mismo, que es al mismo tiempo sanadora y perturbadora. Sin embargo, aunque seamos un inevitable misterio para nosotros mismos, aunque en la mayoría de los casos estamos en el punto ciego de nuestro propio juicio, el diario íntimo cuando menos puede cumplir una función filosófica: abrir el camino a nuevas preguntas y, ojalá, a cada vez más agudas preguntas. ¿No es esta, en últimas, la única forma de avanzar en el conocimiento? Esta conclusión no ha hecho sino impulsarme a escribir con más ahínco y a hablarme sobre mí con más franqueza.

Advertencia final

En algún punto mirarás hacia atrás y te percatarás de que has acumulado una decena de libretas en un cajón empolvado. Si, en vez de eso, has escrito tus entradas en el computador, habrás guardado tus archivos en carpetas no menos aplazadas. Muy de vez en cuando te asomarás a tus diarios: leerás lo que escribiste en fechas al azar, tratarás de recuperar en tus notas recuerdos ya casi marchitos, indagarás por un amor muerto o por las dificultades que pasaste para conquistar un olvido. No te reconocerás. Después de tantas páginas, acaso de tantas lágrimas, seguirás siendo para ti misma una desconocida.

No se trata necesariamente de una mala noticia. Para bien y para mal una sola vida parece estar compuesta por muchos sujetos diferentes –en tu interior habrás albergado multitudes– que aparecerán y desaparecerán en tu alma según las circunstancias. Tu diario te dará a conocer muchas de tus máscaras, mejor o peor representadas.

Algo más: siempre existirá el riesgo de que alguien, por error o deliberadamente, lea alguna de tus entradas más oscuras. No te preocupes, aquel curioso impertinente no entenderá nada de tu inscripción oracular por mucho que lo pretenda. En todo caso, será peor para él. Si tú mismo sientes la tentación de penetrar sin permiso en un diario íntimo, recuerda estas palabras de mi paisano José Manuel Arango: ‹‹quizá la locura/ sea el castigo// para el que viola un recinto sagrado/ y mira los ojos de un animal/ terrible››.

Finalmente, cuando abras tu diario en una página aún no escrita, con toda aquella experiencia, podrás preguntarte qué personaje tendrás que encarnar ahora, qué espíritu contingente te posee, qué te corresponde en este lugar de la noche. Lo más seguro es que no encuentres respuestas. Y no lo lamentarás: hará mucho que las habrás dejado de buscar.