En 1907, Sir Francis Galton, un polímata inglés poco conocido, familiar cercano de Charles Darwin, ideó un experimento que sigue repitiéndose hoy con resultados semejantes: pidió a cerca de 800 aldeanos adivinar el peso de un buey y se sorprendió al corroborar que la media de las estimaciones estaba errada en menos de un 0,05% del peso real del animal. Cifra que era, además, mucho más cercana a la real que las estimaciones individuales de carniceros y granjeros, que para este caso podrían considerarse expertos en el tema. El experimento, publicado originalmente en la revista Nature bajo el título “Vox Populi” lleva más de un siglo repitiéndose, reinterpretándose y dando lugar a nuevas conclusiones[1], pero en general ha sido útil para explicar una idea muy interesante: que la agregación de información independiente suele ser mejor que la opinión individual de un único genio iluminado.

Sin dudas esta idea no es extrapolable directamente al campo de la política, pues en el experimento juega un peso relevante el hecho de que lo que se trata de adivinar es una verdad matemática y en cuestiones de la polis suelen ser pocas las cosas de las que se puedan develar verdades matemáticas. A pesar de eso vale la pena quedarnos con la idea de “agregación de información” que enseña el experimento y pensar en que muchos de los problemas públicos (como la pobreza, la dirección de la economía, la educación, entre otros) suelen ser tan inmensos que normalmente nadie, por avezado que sea en esos problemas, suele tener una perspectiva completa. Y creo no ser el único que intuye que, tal como en el caso del peso del buey, suele ser mejor la sumatoria de la información fragmentada de muchos, que la especulación del mejor de los expertos.

Quizás bajo esta premisa algunos seguimos defendiendo la democracia, a pesar de todos sus defectos y de las críticas serias que se le hacen. Las mejores objeciones a esa forma de gobierno –en mi fragmentada opinión– suelen ser las de Sócrates, quien encontraba en el sofista Protágoras uno de sus rivales predilectos y a quien le cuestionaba su excesivo relativismo, resumido en la máxima “el hombre es la medida de todas las cosas”. Para Protágoras no existía la verdad sino apenas las opiniones, por su parte Sócrates, fiel a la idea de que existe la verdad, concluye que, si existen dos opiniones contrarias, lógicamente tiene que haber una correcta y otra equivocada. Discernir entre lo verdadero y lo falso es lo que distingue a los hombres sabios de los necios. Y, por tanto, solo se debería escuchar a los sabios en todas las cuestiones, incluidas las del gobierno de la ciudad.

Sin embargo, sugiero prestar atención al mito brillante narrado por Protágoras en el diálogo que lleva su nombre: después de creados los hombres, al verlos desnudos, Prometeo roba el fuego y la sabiduría para ayudarles. Con estos dos bienes los hombres hacen los vestidos, las casas y otras herramientas y se comienzan a reunir en ciudades para defenderse mutuamente, pero al no tener una ciencia política se atacaban constantemente entre ellos. Al ver esto, Zeus encarga a Hermes de repartir dos sentidos: la justicia (diké) y el respeto mutuo (aidós) y, ante la pregunta de Hermes de si estos dones debían ser para unos cuantos o para todos, Zeus ordenó: “Repártelos a todos, pues no habría ciudades si solo unos pocos participaran de ellos”.

Si bien es cierto que suelo estar mucho más del lado de Sócrates en cuestiones epistemológicas, en asuntos de gobierno me parece mucho más útil la posición sofística de Protágoras. Sócrates comete un error al asumir que gobernar es una ciencia, que puede enseñarse y cuyo dominio puede ser alcanzado por expertos, como si se tratara de ser médico o zapatero. Sócrates y, con mucho más ahínco, Platón, creen que la verdad en cuestiones políticas está en la mente de individuos excepcionalmente sabios –ya decía Platón que la democracia era el gobierno de los idiotas y que el mejor modo de gobierno era el Aristocrático donde rige la razón de un rey filósofo–, ignorando un hecho que puede verse fácilmente en la experiencia: que las opiniones de las multitudes suelen ser un insumo más que valioso para entender las verdaderas necesidades de una sociedad.

Un ejemplo de esto podría ser el experimento de la Asamblea Ciudadana de Irlanda (2016), donde tomaron a 99 ciudadanos elegidos al azar (una muestra representativa de la «multitud»), quienes tras recibir información de expertos y debatir, lograron consensos que destrabaron problemas históricos y polarizantes, como la legalización del aborto y el matrimonio igualitario. Resolvieron lo que los políticos tradicionales, atrapados en los extremos, no habían logrado resolver por estar enfrascados en debates eternos, alimentados por la necesidad de agradar a su público y obtener sus votos en las siguientes elecciones.

Mientras tanto volvamos al experimento de Galton. Los errores de quienes se sitúan en los extremos dentro de los debates –sea adivinando el peso de un animal o discutiendo una posición política–, suelen ser poco más que ruido estadístico, que el promedio esté mucho más cerca de la opinión correcta no resulta de una casualidad mágica, sino que es el punto donde se cancelan mutuamente los sesgos de quienes exageran o subestiman una cuestión. Sin embargo, aceptar que en la democracia se puede llegar a ese punto casi de un modo lógico y directo sería, como mínimo, ingenuo. Para que un grupo sea “sabio” debe cumplir algunas condiciones: que exista diversidad de opinión, que las opiniones sean independientes y que exista un mecanismo de agregación de esas opiniones que sea imparcial.

Del tercer requisito, mal que bien, las democracias liberales han logrado desarrollar un sistema electoral que tiene luces y sombras –no pretendo aquí asumir una defensa férrea de la democracia representativa, ni de los mecanismos parlamentarios– aunque creo que es lo mejor que tenemos por el momento. Donde se sitúa el gran reto para la democracia es en lo relativo a la diversidad de opinión y la imparcialidad de las mismas. Sobre todo, en épocas en las que el debate político se atrinchera en posiciones radicales y se cuestiona posturas eclécticas, a las que los extremos suelen llamar carentes de carácter, tibias o pasivas, que terminan lamentablemente excluidas de la discusión pública. Vale la pena detenerse a pensar en quiénes promueven las agendas más radicales y en los mecanismos –tanto lícitos como ilícitos– que usan para influenciar el pensamiento de las multitudes, así como sus intereses particulares sobre las cuestiones objeto de debate.

Lo cierto es que debería haber –y podríamos crearlo– un punto en el que converjan racionalmente los ruidos, los dogmas y los sesgos que tenemos todos. A mi juicio, la tarea más urgente que tenemos pendiente dentro de la democracia es la de construir un sistema que no le tema a asumir posiciones, ni sea un punto vacío en el espacio, ni el lugar de las discusiones sin fin sobre cualquier cosa, sino el lugar en el que los dogmas choquen, los debates florezcan, los errores se anulen mutuamente y sobrevivan las propuestas más útiles para la mayoría. La invitación mía es apostar por empezar a construirlo y se me ocurre que la forma más directa es empezar por uno mismo: escuchar serenamente todas las posturas, incluso las extremas, usando los dos dones que Zeus nos envió con Hermes: la justicia –para sopesar cada opinión con rigor– y el respeto mutuo –para no hacernos trizas en el proceso.

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Notas

[1] https://www.nationalgeographic.com/science/article/the-real-wisdom-of-the-crowds