En el 2024 el Fondo Monetario Internacional (FMI) publicó un estudio que tituló de manera apodíctica La política industrial ha vuelto[1]. Y no mentía: después de 50 años en los que la mayoría de los países occidentales satanizaron las políticas industriales bajo el discurso neoliberal, los gobiernos del mundo lentamente prestan atención a las olvidadas y raquíticas industrias nacionales. Esto es confirmado por un libro publicado hace menos de un mes por el Banco Mundial en el que aprueba cómo los ‹‹gobiernos alrededor del mundo están tornando a lo que fue alguna vez una política controversial: la política industrial››[2]. Este cambio de actitud obedece al ascenso de China como manufactura del mundo, a las nuevas tensiones geopolíticas en materia de seguridad, al proceso de desindustrialización experimentado en varios países occidentales, y a una serie de influencias intelectuales ejercida por parte de algunos académicos que han ganado terreno en la opinión pública, como el caso de la economista Maria Mazzucato con sus libros Misión económica o Propósito público, en los cuales legitima y apoya la intervención estatal en la economía. Incluso el gobierno de Petro ha intentado adherirse a esta nueva ola y, aun cuando en etapa inicial y sin mayor financiamiento, ha impulsado más la política industrial que los gobiernos anteriores. Mejor dicho, la política industrial volvió a todas partes excepto a la actual campaña presidencial: no está en el medio de ningún debate y hay una ausencia casi total de esta en los programas de gobierno de Abelardo, Paloma, Fajardo y Cepeda. La metáfora de un elefante en medio de la habitación el cual es ignorado es atrayente: la política industrial es el gran elefante que todos en la campaña electoral han decidido ignorar, y esto es mucho más preocupante en la izquierda. Para dimensionar y entender por qué afirmo esto, es necesario ir paso a paso.
¿Por qué es tan importante la industrialización? La industrialización puede ser entendida como el proceso mediante el cual un país desarrolla sus fuerzas productivas a través de la inclusión de tecnología y técnica en la producción a gran escala. Es crucial porque hay una estrecha relación entre el crecimiento económico sostenido en el largo plazo y la industrialización; porque la industrialización genera integración vertical y horizontal, esto es, permite que diversos sectores de la economía se conecten generando efectos positivos entre ellos; porque la industria genera trabajos formales y estables, ayudando a la disminución del desempleo y a la disminución de la desigualdad; porque aumenta la soberanía productiva al disminuir la dependencia a otros países y a choques externos; y porque aumenta el recaudo tributario del Estado.
¿Qué nos dice la historia? La evidencia histórica ha sido contundente: todos los países que lograron desarrollar sus fuerzas productivas lo hicieron a través de políticas industriales fuertes, esto es, con la ayuda e intromisión decidida y explícita del Estado. A modo de ejemplo, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX Inglaterra, que estaba apenas desarrollando su industria textil, imponía aranceles de hasta 50% en la importación de estos productos, e incluso prohibía a sus colonias exportar textiles; por su parte, Estados Unidos siguió y extendió los pasos de Inglaterra, al imponer también aranceles entre el 40%-50% a los productos industriales desde 1875 hasta 1935[3]. Más reciente, está el caso de Corea del Sur, que con alta intervención Estatal, desde los años 60’s logró direccionar su capacidad productiva hacia las exportaciones; y finalmente el caso de China, en el cual el gobierno controla prácticamente el sistema financiero, tiene participación directa en la mayoría de las industrias, el Estado establece planes de desarrollo industrial, y el cual ha logrado el mayor crecimiento económico en el mundo en las últimas 5 décadas y ha sacado de la pobreza a más de 800 millones de chinos.
Con toda esta evidencia en contra, lo paradójico es que durante los últimos 50 años se nos dijo que no era necesaria la ayuda estatal y que los mecanismos de mercado de manera autónoma se encargarían de desarrollar a Colombia. El economista Ha-Joo Chang ha denominado esta estrategia como “pateando la escalera”[4]. La metáfora es simple: una vez los países desarrollados se industrializaron con ayuda de sus respectivos Estados, es decir, utilizando una escalera, convencieron a los países no desarrollados de no utilizar la ayuda estatal, es decir, de no utilizar la escalera para subir. Esta posición les permitió por mucho tiempo estar en ventaja en el comercio exterior sin temor a que los países no desarrollados los alcanzaran, y subordinándolos a una posición en la que lo único que tenían para ofrecer eran sus materias primas −como efectivamente ha sucedido en Colombia. Pero con el ascenso de China, que no utilizó una escalera sino un ascensor, la situación cambió, y países como Estados Unidos, Alemania o Japón, que antes estaban “arriba”, ahora se encuentran en una situación de menor ventaja en el comercio internacional. Así, luego de más de 50 años en los que se satanizó la ayuda Estatal en el proceso de desarrollo, las políticas industriales están volviendo. Incluso, como indiqué al principio, instituciones ortodoxas como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial están apoyándolas y legitimándolas. Es importante anotar que, como dice el economista Jostein Hague al respecto, ‹‹la doctrina cambió porque cambiaron los intereses de los Estados poderosos, no porque los economistas del desarrollo descubrieran repentinamente nuevas pruebas […] Lo único que ha cambiado es que las economías más poderosas del mundo ahora implementan políticas industriales con tanta transparencia que ya no se las puede negar al resto del mundo››[5].
¿Y en la actual campaña presidencial en Colombia? Los candidatos a la presidencia parecen ignorar la importancia de la política industrial. Para los candidatos del centro y de la derecha (Fajardo, Paloma y Abelardo) apoyar una política industrial decidida es incómodo y contradictorio. Implica aceptar la intervención del Estado en la economía y poner en duda los mecanismos de mercado que tanto han defendido. Así que, aun reconociendo la importancia de la industrialización para el país, para ellos ignorar la nueva ola intervencionista es apenas natural. Pero el silencio casi sepulcral de la campaña de Iván Cepeda al respecto es preocupante, pues parte del proyecto histórico de la izquierda ha sido la intervención del Estado para apoyar e impulsar la economía. Esta idea fue por mucho tiempo proscrita, pero ahora incluso instituciones ortodoxas las apoyan y legitiman, lo que abre una oportunidad para fortalecer este tipo de políticas sin titubeos. La importancia de estas no suele ser dimensionada, por lo que lo diré de manera categórica: no es posible pensar en una transformación agropecuaria, ni en una transición energética, ni en extender los programas sociales de manera sostenible sin una política industrial. Porque la extensión de los programas sociales es viable sólo si el país tiene la capacidad productiva para sostenerlos, de lo contrario, está el riesgo de entrar en un espiral inflacionario, de devaluación de la moneda y baja inversión privada. La derecha siempre ha tildado a la izquierda de “empobrecedores”. Si queremos demostrarle que no, hay que empezar por ver el elefante.
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Notas:

