Textos críticos con énfasis en Colombia y América


Desde el llamado boom de la memoria en la segunda mitad del siglo XX, el uso político del pasado ha adquirido una gran relevancia, especialmente cuando afecta a sectores de la población que no vivieron directamente los acontecimientos traumáticos. Los canales de transmisión de la memoria como los medios de comunicación, las conversaciones intergeneracionales, las fuentes documentales y el ejercicio educativo pueden ser apropiados por quienes se posicionan como emisores. A propósito del caso de Argentina, en el que el uso público del pasado ha sido movilizado principalmente por el ethos del desaparecido y desaparecida durante la dictadura, Emilio Crenel Groppo[1] señala que tanto la singularidad del acontecimiento como las múltiples reacciones sociales frente a las políticas de memoria son necesarias. Al respecto, el autor afirma: ‹‹Las familias de las víctimas, las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, los HIJOS, las asociaciones de derechos humanos mantienen viva la memoria de esta época trágica, pero, probablemente, una parte de los jóvenes ignoren el nombre de Astiz o Massera o lo que ocurría dentro de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada). El problema de la memoria se plantea, entonces, cada vez más como un problema de transmisión en dirección de las nuevas generaciones que no conocieron la época del sedicente «Proceso»››.

Frente a ello, muchas sociedades se han construido sobre amnesias de carácter estructural, producto de ausencias pedagógicas que, en efecto, reflejan políticas de memoria marcadas por una fuerte cooptación estatal. Andreas Huyssen[2] afirma que, durante el siglo XX, a propósito de los innumerables proyectos transicionales apoyados en la memoria histórica, se registraron dos momentos fundamentales en los que el retorno al pasado resultó decisivo para la construcción de la memoria.

El primero se ubica en la oleada de liberaciones nacionales desarrollada en el marco de los procesos de descolonización. En este contexto, la finalidad del giro al pasado fue recuperar ejercicios historiográficos enmarcados en la llamada visión de los vencidos, así como exaltar microhistorias y perspectivas alternativas frente a una historia oficial ya consolidada.

El segundo momento se desencadenó en el marco del debate sobre el Holocausto, también conocido como la Shoah. En este caso, la finalidad estuvo orientada a incorporar al debate político las tragedias colectivas y las fracturas sociales derivadas de dicho acontecimiento.

Aunque ambos momentos constituyen expresiones de resistencia, este último resultó mucho más controversial, pues tuvo lugar en una coyuntura en la que la esperanza en las democracias emergentes aún fue latente desde los procesos de justicia transicional ad hoc que garantizaban el paso del estado de guerra al estado de la paz con apoyo del ejercicio de la memoria histórica. De este modo, aunque muchos de estos proyectos de memoria son profundamente presentistas[3], el hecho de haberse desarrollado en contextos democráticos otorgó a estas manifestaciones de memoria una clara orientación hacia el futuro y hacia proyectos de sociedad encaminados a confrontar las fracturas producidas en escenarios de conflicto[4].

Sin embargo, hoy una mirada global nos podría estar presentando una tercera tendencia frente al uso político del pasado con relación a un claro declive de la democracia global, lo que hace urgente y necesario preguntarse: ¿Qué ocurre con los usos políticos del pasado en contextos como el actual en el que nos enfrentamos a suprematismos raciales, étnicos y religiosos que están determinando el orden global? ¿Qué ocurre con la memoria histórica frente al fortalecimiento actual de los fascismos?

Actualmente los sistemas políticos represivos que desarrollan estrategias estatales vinculadas a la guerra, la represión y la exclusión social, juegan un papel determinante en las formas en las que la población construye memoria histórica con el fin de instrumentalizar políticamente el pasado a favor suyo. De este modo, el afloramiento de falsas democracias, totalitarismos, populismos y nacionalismos con tendencia fascista representan un gran reto para la defensa de una construcción plural del pasado en la que la migración o el acceso a los recursos no sean detonantes de la repetición del exterminio, de la segregación y del genocidio. Precisamente Adorno[5] es insistente en apelar a la importancia de las manifestaciones de memoria no sólo como monumentalización sino como potenciales educativos que detonen una transmisión generacional ética. En la conferencia titulada La educación después de Auschwitz, Adorno analiza los alcances del holocausto para la humanidad y afirma que la primera exigencia de la educación es que Auschwitz no se repita, frente a esta expresión, el autor advierte que dicho deber es necesario no sólo en la sociedad alemana sino también, en todas las sociedades.

En este punto no podría dejarse de lado el claro ejemplo del exterminio del pueblo palestino perpetrado por Israel en Gaza en el que específicamente se han bombardeado sin piedad objetivos civiles en la franja, y desde una perspectiva geográfica los blancos fueron ubicados desde un principio en universidades, escuelas y museos gazatíes. Actualmente visualizamos no solo un genocidio en tiempo real a través de nuestras pantallas; estamos ante un escolasticidio[6] que refleja una clara amenaza para borrar un sistema de creencias, y también un pasado que se abre a viva voz en el sistema educativo

La difusión de relatos y contra relatos de odio se convierten en herramientas que legitiman una única versión de los ocurrido; así, los medios de comunicación de derechas israelíes durante todo el año 2023 aprovecharon los momentos de tensión política para difundir propaganda de guerra en contra de las universidades palestinas como aliadas de Hamas. Así, unos meses después, gran parte del público espectador ya estaba preparado para interpretar las manifestaciones pacifistas en los campus de las universidades palestinas como actos terroristas que ponían en alerta la paz global. El pasado en gaza es amenazado no sólo por sus archivos destruidos, infraestructuras o arquitecturas, sino también por los múltiples intentos de deslegitimar desde el poder ideológico a los actores y comunidades académicas que construían y salvaguardaban el conocimiento. Matar a los palestinos es matar la memoria y es una tendencia que resuena en otras partes del globo. Matar la memoria es comunicar que nunca ocurrió nada, que quienes estaban allí nunca existieron.

El 18 de abril del 2024, los miembros del Consejo de Derechos Humanos emitieron comunicados expresando su profunda preocupación por el escolasticidio palestino. Este crimen no es menor, aunque palidece ante la gravedad de los actos cometidos por el Estado de Israel encaminados a cometer un genocidio. El exterminio físico y cultural de un pueblo desató protestas en diferentes universidades del mundo, especialmente en Estados Unidos, donde el Gobierno los terminó catalogando como actos violentos, pretendiendo restarles legitimidad, pese a que en la mayoría de los casos se trataba de manifestaciones artísticas y discursivas que resaltaban el valor de la vida y las garantías de no repetición del holocausto. Paradójicamente, varios estudiantes, profesores y rectores que reivindicaban la memoria de las atrocidades del pasado y pedían que no se repitieran en el presente, terminaron siendo catalogados como promotores del antisemitismo[7]. Quienes matan la memoria tendrán aliados políticos por fuera de las fronteras, lo cual permite concluir que las contiendas políticas son espejo de disputas por las versiones del pasado y por borrar aprendizajes políticos que han sobrepasado la transmisión generacional.

Esta tercera tendencia para girar hacia el pasado como sociedad mientras exterminan toda huella física de un pueblo es una clara incertidumbre para la construcción de aprendizajes políticos en un futuro. Nos enfrentamos a abusos de la memoria en los que se reescribe una y otra vez la negación cultural, política y religiosa de no solo Palestina, también Ucrania, India y la misma Argentina. Estas intenciones están estrechamente relacionadas con la fuerza de cooptación de un Estado, institución o poder hegemónico con pretensiones de generalización sin singularización de la historia. Si todo abuso desconoce singularidades, los usos necesariamente están relacionados con las mismas; es decir, hablar de la singularidad de un pueblo, comunidad o sociedad, es reconocerlo, enunciarlo y defenderlo es un ejercicio de resistencia frente a historia instituida por el poder político global. La memoria siempre será un proyecto político a futuro que la academia defenderá con recelo. La memoria es democracia viva frente al antiintelectualismo fascista.

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Notas:

[1] GROPPO, Bruno. Las políticas de la memoria. En: Revista Sociohistórica. No. 11- 12, (2002); 13 p.
[2] Citado por RABOTNIKOF, Nora. Política, memoria y melancolía. En: Revista trimestral Fractal. No. 29 (2003); 15 p.
[3] RABOTNIKOF, Nora. Memoria y Política: El juego del tiempo en las transiciones. En: Perspectivas progresistas. (2007); 25 p.
[4] LEFRANC, Sandrine. Las políticas del perdón y de la reconciliación. Los gobiernos democráticos y el ajuste de cuentas con el legado del autoritarismo. En: Revista Desarrollo Económico. Vol. 45, No. 178, (julio-septiembre 2005); 25 p.
[5] Adorno, T. W. (1998). Educación para la emancipación. Madrid: Ediciones Morata.
[6] Nabulsi, K. (2009, 10 de enero). Scholasticide in Gaza. The Guardian, Citada por Stanley, J. (2025). Borrar la historia: Cómo los fascistas reescriben el pasado para controlar el futuro. Blackie Books. Escolasticidio es el término acuñado por la profesora Karma Nabulsi para dar cuenta de la sistemática y deliberada destrucción del sistema educativo palestino por parte del ejército israelí, agravada desde el 7 de octubre del 2023.
[7] Un ejemplo claro es el de la Rectora Minouche Chafik de la Universidad de Columbia que fue acusada en el año 2024 de promover el antisemitismo en el campus por su respaldo a las protestas pacíficas de maestros y estudiantes en contra del genocidio del pueblo palestino.