Estamos ante un cambio de época, ante una transición geopolítica que está poniendo fin al orden global cimentado en la década de 1980[1] caracterizado por la libre circulación del capital a nivel internacional, la primacía de la lógica del mercado sobre la dirección estatal y la primacía de las libertades individuales. Como parte de esta transición ha surgido una nueva derecha conservadora que se suma a la izquierda en el rol de oposición contra el orden establecido (Trump en U.S.A., Bolsonaro en Brasil, Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, Kast en Chile, Bukele en El Salvador, y Abelardo de la Espriella y en menor medida Paloma Valencia en Colombia). Esta doble oposición al orden establecido, de la mano de las redes sociales, ha conducido a un resurgimiento de la polarización política en la última década: en el medio, el viejo orden neoliberal globalista con el que se identifica el centro político pierde cada vez más terreno.

Ante la cercanía de las elecciones presidenciales en Colombia, vale la pena preguntarse contra qué reacciona y con qué sueña cada facción de esta nueva polarización política. Y llegar por esta vía a la conclusión de que ‹‹la cuestión no está en escoger entre el pasado y el futuro, sino en tratar de desentrañar el sentido de lo actual››[2], como escribió hace poco la filósofa Lucia Cadahia en un texto sobre el tiempo, el fascismo y la revolución.

La nueva derecha desdeña el orden internacional basado en soberanías iguales e independientes. Además de que ahora le estorba, lo sabe falso. Por eso sueña con el regreso de un imperialismo explícito sin la necesidad de pasar por la ficción de respetar acuerdos entre supuestos países iguales. Se ignora −o peor, se celebra− la intervención militar en Venezuela e Irán, el genocidio en Gaza, las exigencias de rearme a la OTAN o el reciente discurso de Marco Rubio, secretario de Estado de U.S.A., invitando a la Unión Europea a subirse al barco del imperialismo del siglo XXI[3]. Y si no se es un país poderoso, entonces la subordinación incondicional a las potencias se convierte en la política exterior de la nueva derecha. La izquierda también sabe falso el orden internacional entre supuestos países iguales, pero no renuncia a ese sueño. Como entiende que el actual orden internacional es incompatible con ese ideal, extiende su mirada. Pero no lo hace inocentemente mirando hacia arriba, hacia las potencias, sino que lo hace mirando hacia el lado, hacia sus iguales: sólo a través de la cooperación real de todos los Estados no imperialistas es posible cimentar un nuevo orden internacional. Un nuevo orden que no busque la competencia entre países por llegar a ser los favoritos de los imperios, sino la cooperación entre países no poderosos para hacerle frente a los imperios. En el medio de todo esto, el centro político globalista sigue atrapado, soñando con quimeras, mientras defiende un orden internacional diseñado por y para los más poderosos. Haciendo referencia al reciente discurso que el primer ministro canadiense Mark Carney pronunció en Davos, el centro político parece insistir en la estrategia de “colgar el cartel para fingir que todo está bien”[4].

La nueva derecha desdeña de los impuestos, en especial hacia los más ricos. De facto, esta posición es impulsada por las élites económicas que más se benefician, mientras utilizan la vieja cortina ideológica del liberalismo que insta a disminuir los impuestos para incentivar la inversión del sector privado, aun cuando esto ha sido demostrada falso o fatal en reiteradas ocasiones[5]. La otra cara de esta política es un desprecio por el gasto público social, esto es, por la financiación pública de la educación, la salud, la vivienda, el subsidio de desempleo, etc., y la canalización de recurso públicos al gasto militar, al sistema financiero y a los amigos del poder. La izquierda se sitúa en el otro extremo: el eje central de su política es un sistema tributario fuerte que recaiga sobre quienes más ganan, de forma tal que sea posible financiar programas sociales universales y de calidad, y realizar las inversiones productivas necesarias para generar riqueza. El centro político entiende la importancia del gasto público social, mientras sigue creyendo en el mito liberal de bajos impuestos y no intervención por parte del Estado como motor de desarrollo. El resultado es una encrucijada sin salida: el gasto público queda supeditado a los imperativos del mercado, mientras el aparato productivo nacional no recibe los suficientes incentivos ni el apoyo para su pleno desarrollo.

La nueva derecha desdeña las políticas contra el cambio climático. Rechaza toda política que pongan en duda el crecimiento económico y la posición de poder obtenida por ciertas industrias que dependen de las energías fósiles −y en ocasiones, ya en el delirio, son directamente negacionistas del cambio climático. En el fondo está la negación irracional de un hecho básico: el crecimiento indefinido es inviable. La izquierda parte por reconocer que el crecimiento económico indefinido, soportado por la extracción y quema de combustibles fósiles, está conduciendo a una catástrofe ambiental. En el corto plazo, entiende que lo más urgente es impulsar una transición energética hacia energías renovables, que los mecanismos de mercado han sido insuficientes para liderar esta transición, y que sólo una acción decidida por parte de los Estados alberga la posibilidad de realizar la transición a la velocidad requerida[6]. Pero sabe esto insuficiente, pues entiende que el crecimiento económico indefinido, incluso a través de energías renovables, es inviable. Como escribió la filósofa Nancy Fraser, ‹‹una contradicción ecológica sistémica está inscrita en el ADN de la sociedad capitalista, anclada en su estructura institucional y sus dinámicas de desarrollo. Como resultado, las sociedades capitalistas son proclives a recurrentes crisis ambientales a través de su historia. A diferencia de otras sociedades, este impase ecológico no puede ser resuelto aumentando el conocimiento o por una especie de ‘buena fe verde’››[7]. Así, la izquierda en el largo plazo apuesta por una verdadera transformación del paradigma de desarrollo, junto con cambios profundos en las relaciones de producción por fuera del capitalismo. El centro político entiende la gravedad del cambio climático y la necesidad de transitar hacia energía renovables, pero aun con toda la evidencia en contra sigue confiando en los mecanismos de mercado para liderar dicha transición. Peor aún: sigue en la etapa de la negación, en la cual es incapaz de ver el lazo inherente que existe entre el sistema económico capitalista basado en el crecimiento indefinido y la destrucción del medio ambiente.

La nueva derecha conservadora rechaza al feminismo, a los movimientos de liberación sexual y de autonomía de la personalidad. Este rechazo esta fundado en un miedo profundo a soltar uno de los privilegios mejor conservados: el del patriarcado, que se expresa a través del dominio del otro −y en particular, de los otros a quienes en realidad teme, como las mujeres, los homosexuales, los travestis, etc. Así, la nueva derecha trae al siglo XXI de una manera anacrónica las figuras de la familia tradicional y del hombre proveedor y dominante. El centro político reconoce las luchas feministas y la libertad sexual y personal, pero es incapaz de ver que la lógica patriarcal y de domino es la que sostiene la lógica del mercado, y por lo tanto deja que la lógica del mercado banalice por completa tales reivindicaciones. La izquierda acoge las luchas feministas como parte central de su lucha y reconoce la importancia de una transformación radical en la manera en que nos relacionamos con el otro, en la que no medie el dominio. Lastimosamente, esta voluntad arraigada en el patriarcado sigue presente aun en la izquierda y así, todos, le seguimos dando la espalda −unos más, otros menos− a las reivindicaciones feministas.

En definitiva, hay dos elementos subyacentes en esta trama de polarización política: qué tipo de relación se teje entre la economía y la sociedad, y qué tipo de relación se teje entre la sociedad y el otro:

La nueva derecha pone a la sociedad en función de la economía, y a la economía en función de unos pocos; y se aferra al dominio y la posesión como mediadores de las relaciones con el otro, al que siempre teme. Como escribió Luciana Cadahia, ‹‹el miedo y la posesión sellan el pacto de un amor mortuorio que se resuelve como terror a lo vivo […] Toda clausura o posesión del futuro no es más que el temor a la metamorfosis de la vida. Ese es el secreto anímico del fascismo, su forma más acabada: la atrofia de la forma como terror vivo››[8]. Así, temerosos del futuro, temerosos del otro y temerosos de mirarse a sí mismos en el espejo, la nueva derecha se aferra al retorno de un pasado basado en el poder, la violencia y la exclusión, pero bajo el disfraz de la grandeza y el orden.

El centro político intuye la importancia de poner a la economía al servicio de la sociedad y de transitar hacia otras formas de relacionarse con el otro, pero es incapaz de ver que las actuales estructuras ideológicas, institucionales y económicas están diseñadas específicamente para hacer lo opuesto. Experimenta una ambivalencia con el pasado y un miedo al futuro. Así, el centro vive en una especie de síndrome de Estocolmo: el de un prisionero que, soñando con libertad, desarrolla un vínculo afectivo y una lealtad hacia sus carceleros −el imperio del mercado y de la posesión violenta.

La izquierda sabe que debe poner a la economía en función de la sociedad y transitar hacia otras formas de relacionarse con el otro. Entiende que para hacerlo el actual sistema debe cambiar y que no debemos temer al futuro. Pero arrojarse al futuro soltando el pasado ha creado monstruos terribles. Así, la izquierda camina en la cuerda floja, entre no ser capaz de avanzar hacia el futuro o de precipitarse al vacío. No es un camino fácil. Es un camino que debe ir construyéndose paso a paso, sin soltar del todo el pasado pero cimentando un futuro por fuera del imperio del mercado y de la posesión violenta que estarán, en todo caso, zarandeando permanentemente la cuerda para evitar ser destronados. Como dijo Lucia Cadahia, ‹‹este drama amoroso –o este laberinto de la temporalidad, que para el caso es lo mismo– no se supera ni aferrándonos a un pasado que desintegra el futuro, ni idealizando mecánicamente un futuro que erosiona el sedimento histórico de toda revolución. Porque la temporalidad no se supera, se trabaja. Hace falta un oído atento pero también un buen olfato para percibir el sentido de lo actual››[9].

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Notas:

[1] Aunque, siguiendo a Giovanni Arrighi, es la transición de un ciclo de acumulación de más largo aliento comenzado a principios del siglo XX con el ascenso de USA como nueva hegemonía mundial. Arrighi (2010) The long Twentieth Century, Editorial Verso.  Al respecto de esta transición global, recomiendo el recién libro The great global transformation de Branko Milanovic (2025).
[2] Luciana Cadahia (2026) Qué hacer con el objeto amado, en: https://jacobinlat.com/2026/02/que-hacer-con-el-objeto-amado/
[3] Ver discurso en: https://www.state.gov/translations/spanish/discurso-del-secretario-de-estado-de-ee-uu-marco-rubio-en-la-conferencia-de-seguridad-de-munich
[4] Ver discurso en: https://legrandcontinent.eu/es/2026/01/21/construir-algo-mejor-el-discurso-completo-de-mark-carney-en-davos-x/
[5] A modo de ejemplo, ver el Working paper de London School of Economics “The Economic Consequences of Major Tax Cuts for the Rich” (2025): https://researchonline.lse.ac.uk/id/eprint/107919/1/Hope_economic_consequences_of_major_tax_cuts_published.pdf?_gl=1*16br10p*_ga*OTQxMjI5MDg4LjE3NzI5NzA0NjI.*_ga_LWTEVFESYX*czE3NzI5NzA0NjEkbzEkZzAkdDE3NzI5NzA0NzEkajU4JGwwJGgw*_gcl_au*MTM5OTYyMjE2Ny4xNzcyOTcwNDcw
[6] Bret Christopher (2025) The price is Wrong, Editorial Verso books.
[7] Nancy Fraser (2021) Climates of capital, New Left Review, p. 99. [Traducción propia].
[8] Luciana Cadahia (2026), ver nota 2.
[9] Ídem.