No recuerdo dónde escuché la expresión que titula este ensayo: pudo ser en una película, en una serie o en una conversación. En todo caso, comienzo pidiéndole disculpas a su eventual autor, e invitándolo a convenir conmigo en que las palabras –en últimas– no son de quien las inventa sino de quien las necesita. Y acaso nunca había necesitado tanto de una expresión para nombrar uno, sino el más grande, de todos mis hastíos: la omnipresencia del smartphone en cada espacio de la vida cotidiana.
Pues bien, si digo que el smartphone es un ataúd para el alma es precisamente porque su presencia –permanente y ya casi ineludible– está erosionando muchos de los bienes más preciosos de la experiencia humana: el tiempo libre, la contemplación, el pensamiento, el convivio, el erotismo, la conversación. Sin estos espacios de calidad, ¿se puede experimentar realmente el mundo circundante? ¿se pueden establecer relaciones profundas y afectivas? ¿se puede cultivar algún contento de vivir?
Las respuestas las han venido anticipando un sinnúmero de investigaciones académicas que no han cesado de evidenciar en los últimos años los graves efectos del uso indiscriminado del smartphone sobre la salud física y mental de los usuarios, sobre sus habilidades cognitivas y sociales, incluso sobre su comportamiento moral. No obstante, estas notas no pretenden abordar sistemáticamente la cuestión, sino apenas ofrecer un personalísimo desahogo, algunas experiencias personales y alguna –no del todo original– reflexión.
La paradoja de la hiperconexión y el aislamiento.
El descubrimiento del chat fue uno de los acontecimientos más estimulantes de mi adolescencia. Me pasaba las tardes conversando en línea con mis amigos del colegio (que vivían dispersos en distintos municipios del oriente antioqueño), conociendo gente de todos los rincones del mundo y, lo más importante, conquistando mis primeros amores. En ese tiempo no se chateaba desde el celular sino desde el computador, a través de plataformas como MSN Messenger, Yahoo!, Terra y LatinChat.
En el celular solo se recibían llamadas, se mandaban mensajes de texto (seleccionando cada letra en un teclado de números) y se jugaba a la culebrita. Así que en un cierto punto me tenía que desconectar para comer con mi familia, comparecer ante el colegio, encontrarme con mis amigos del pueblo o visitar a mi enamorada de aquellos tiempos. Entonces soñaba con un dispositivo que me permitiera chatear aun cuando estuviera fuera de casa, proporcionándome de manera permanente aquel engañoso placer de la conexión.
Ahora que existe y se masificó tal dispositivo electrónico me percato de que en realidad no sabía lo que estaba deseando. Porque sí, es cierto que el smartphone nos ha dado la posibilidad de enviar mensajes y archivos urgentes, atender problemas laborales o personales en tiempo real, consultar todo tipo de información tan pronto la necesitamos, hacer compras, gestionar servicios, y mantener relaciones personales que de otra manera no hubieran sido posibles. Pero hay contraprestaciones que han resultado demasiado caras.
Paradójicamente, el primer costo que pagamos por esta hybris de la conexión es el aislamiento. El hecho de estar conectados de manera permanente, revisando notificaciones, respondiendo mensajes o subiendo a las redes sociales cada momento medianamente importante, causa constantes fracturas en la convivencia real. Nuestra presencia en los espacios cotidianos de sociabilidad puede ser física, pero nuestra atención está dividida entre el mundo real y el bombardeo incesante de estímulos que nos llega a través de la pantalla.
Esto no solo nos distrae esporádicamente, sino que interrumpe –o directamente frustra– interacciones sociales que requieren de tiempo, continuidad y concentración para consolidarse, para adquirir fluidez y profundidad. ¿Cuándo fue la última vez que pudieron tener una conversación de calidad con sus amigos? El asunto es que una buena conversación no solo está conformada por oraciones sueltas sino también por la gestualidad de los interlocutores, la trama de razonamientos o historias que se va hilando. Por el propio ritmo de la charla.
Esto se me ha hecho patente desde que vivo en Italia y forzosamente debo comunicarme en una lengua que no domino con total fluidez: una mera ojeada a un mensaje de WhatsApp basta para que se me extravíe por completo el sentido de la conversación, porque en efecto me he perdido de todos los elementos contextuales que soportan mi interpretación. Y si bien cuando sostengo una conversación en español puedo retomar el hilo con una mayor facilidad, la conversación –ahora fragmentada– igualmente sufre un empobrecimiento.
Ahora bien, conversaciones de menor calidad, en las que no se mira ni se escucha atentamente al otro, redundan en vínculos personales más frágiles. ¿Cómo se puede construir un amor o una amistad sólida cuando cada uno está insistentemente arrebatado por su propio mundillo virtual? Allí el constante intercambio de comentarios ligeros, memes, reels y likes produce falsas ilusiones de comunicación, pertenencia y comunidad, cuando en realidad no se trata más que de contactos superficiales, carentes de cualquier afecto o responsabilidad.
Y tanto nos hemos acostumbrado a este tipo de interacciones, siempre al alcance de la mano, que a ellas hemos relegado muchos de nuestros vínculos personales: cada vez más líquidos, fáciles de comenzar, sustituir y romper. Y es ahí cuando a pesar de tener una multitud de contactos, seguidores o matches, nos sentimos irremediablemente abandonados. Sobre este fenómeno recomiendo el libro Alone together. Why we expect more from technology and less from each other (2011) de Sherry Turkle.
Una ingeniería de la adicción
En marzo de 2026, en un litigio histórico, un jurado de los Estados Unidos declaró que Meta y Google eran responsables de causar la adicción de una joven de veinte años a las plataformas Instagram y YouTube durante los años de su infancia, por lo que condenó a ambas empresas a pagarle una millonaria indemnización. ByteDance (TikTok) y Snapchat ya habían llegado con la misma joven a un acuerdo prejudicial. En efecto, la adicción de la joven comenzó a los seis años y desde los diez le causó problemas de ansiedad, depresión y dismorfia corporal[1].
Al margen de la discusión sobre una eventual responsabilidad de los padres, lo interesante del caso es que se determinó que este tipo de aplicaciones se ha desarrollado a partir de una suerte de ingeniería de la adicción, donde se implementan estrategias para captar y retener a toda costa la atención del usuario. Así que no se trataba de un efecto colateral. El mismo diseño de estas aplicaciones es el resultado de arduas investigaciones en neurociencia, psicología conductual y análisis de datos conductuales sobre la captura de la atención.
La mayoría de ustedes habrá experimentado lo mismo que yo. Cuando ingreso a Instagram desde el celular suelo quedar atrapado en un bucle: empiezo por un reel o por una historia; luego viene otra publicación, y luego otra, y otra más, hasta que sin saber cómo se me han pasado 30 o 40 minutos… en nada. Y lo mismo me puede suceder varias veces al día. Esto nunca me ha pasado en TikTok por la sencilla razón de que nunca lo he tenido. Un buen amigo me lo advirtió: “Parce, no se vaya a meter a TikTok que es el propio bazuco”.
Y, de hecho, aciertan quienes comparan el “scroll infinito” y el “tirar para actualizar” con el funcionamiento de una máquina tragamonedas[2]. En estos sistemas el usuario es bombardeado por una oleada de estímulos audiovisuales y, de tanto en tanto, recibe una recompensa más intensa: un video muy gracioso, una foto muy sensual, un match en Tinder o más likes en la última publicación. En esa ruleta la mente permanece en estado de expectativa: ¡Estuvo genial! ¿Qué es lo que sigue? ¿Será mejor la próxima recompensa? ¡Quiero más!
El smartphone es el dispositivo que –por excelencia– nos da acceso ininterrumpido a estas aplicaciones. En un sentido no metafórico, la máquina expendedora del vicio. Nos lo lleva a la cama tan pronto nos despertamos, nos lo sirve a la mesa en cada comida, nos persigue con él en cualquier medio de transporte, nos lo lleva al aula de clase, a la oficina, al teatro, al bar, a la discoteca. Esta omnipresencia nos lleva a la compulsión a mirar a cada instante la pantalla, a ignorar a quienes (y a lo que) están en nuestro entorno, a sacrificar cada espacio de descanso.
Hace unos meses, con el ánimo de optimizar mi tiempo, decidí eliminar del celular las aplicaciones de Instagram y Facebook. Más tarde eliminé la de YouTube. Pero esto permitió percatarme de algo mucho más perturbador: el perder mucho tiempo en estas plataformas había sido el menor de los males. Apenas unos días después de eliminarlas comencé a sentir una intensa mejoría en mi memoria y en mi concentración. Luego, mi estado de ánimo también cambió. Cesó un bloqueo creativo que venía arrastrando desde hacía varios años.
¿Sería solamente una impresión subjetiva? Definitivamente no. Como dije al inicio, un gran número de trabajos académicos vienen documentando los efectos nefastos de los contenidos y de las formas que solemos consumir a través del smartphone. Efectos que recaen sobre la concentración profunda[3], sobre las funciones cognitivas superiores y el control ejecutivo del cerebro[4] y, en fin, sobre el bienestar anímico[5]. El hecho de que cada día nos estemos (o nos estén) volviendo más tontos está dejando de ser una simple intuición.
El capitalismo de la atención
El acaparamiento de la atención significa, en su sentido más literal, acumulación de capital. Por eso a nadie debería extrañar que las gigantes tecnológicas hayan invertido millones de dólares en desarrollar dispositivos electrónicos y aplicaciones en los que se hace patente esta ingeniería de la adicción. A través de estos medios no solo nos perfilan para vendernos más eficazmente bienes, servicios, e incluso ideas políticas, sino que en sus dinámicas se reproducen el tipo de racionalidad (neoliberal) que garantiza el funcionamiento del sistema.
Herbert A. Simon, ganador del Premio Nobel de Economía, predijo en los años setenta la batalla por la captura de la atención que sufrimos hoy en día: “En un mundo rico en información, la riqueza de información significa la escasez de otra cosa: una escasez de lo que sea que esa información consume. Lo que la información consume es bastante obvio: consume la atención de sus receptores. Por lo tanto, una gran cantidad de información crea una pobreza de atención y la necesidad de asignar esa atención eficientemente entre la abundancia de fuentes de información que podrían consumirla”[6].
En otras palabras, según la tesis de Simon, en un mar infinito de información, nosotros vamos a consumir aquello que con más fuerza pueda capturar nuestra atención, limitada de antemano por el tiempo y la capacidad cognitiva que tenemos a nuestra disposición. Así, lógicamente, quien mejor pueda dirigir esa atención finita a sus productos y servicios tendrá mayor éxito económico. Bajo este esquema, el principal negocio de empresas como Meta, Google y ByteDance consistirá en capturar y (re)vender nuestra atención.
No obstante, tampoco podemos ignorar el hecho de que los primeros agentes de este capitalismo de la atención somos los propios usuarios. Y no solo cuando a través de las redes sociales ofrecemos nuestros productos. En un artículo titulado Instagram o la desmesura del deseo, sostuve que en esta red buscamos atraer –a veces a toda costa– la atención de los otros sobre nuestro perfil, como si este fuera una empresa o una marca personal a rentabilizar, como si los likes o los seguidores fueran los indicadores de un capital simbólico que se pretendiera acumular.
Entonces no es extraño que cada día las publicaciones sean más extravagantes, que tiendan cada vez más a la radicalización política, al sensacionalismo o a la pornografía. El problema es que la persecución obsesiva de la atención no representa una tendencia, sino una racionalidad entera dentro del capitalismo –la racionalidad neoliberal– que ha mercantilizado cada ámbito de lo humano, que ha convertido la lógica empresarial en el modelo principal de subjetivación y el principio de competencia en la norma básica de relacionamiento recíproco.
Nostalgia de la soledad
En todo este panorama de aislamiento, adicción y dominación económica que acabo de plantear, aún quisiera referirme a una pérdida muy sensible: la posibilidad de estar en soledad. El aislamiento y la soledad son, de hecho, dos situaciones muy distintas aunque naturalmente ambas impliquen una separación espacial y temporal con respecto a las demás personas. Mientras el aislamiento es una situación no buscada que aparta, acorrala y destruye a quien la padece; la soledad es un estado buscado, auto reflexivo, creativo y reparador[7].
La lengua inglesa logra captar este matiz pues designa con el vocablo loneliness al aislamiento o soledad en sentido negativo, mientras que designa con el vocablo solitud a la soledad en su sentido positivo. Al hablar sobre la tiranía del smartphone esta distinción resulta crucial, pues, al mismo tiempo que esta nos aísla de los otros, impide que tengamos el espacio suficiente –en tiempo y calidad– para establecer ese diálogo silencioso de cada uno consigo mismo, ese retiro necesario para descansar de la vida social, contemplar el mundo y conocerse a sí mismo.
También en este ámbito el smartphone se ha convertido para mí en un intruso impertinente: me desconcentra de la página que estoy leyendo o escribiendo, me interrumpe el sueño con una llamada equivocada, me enfría el café de la mañana con su bombardeo de afanes, chismes y publicidad, me empobrece el pensamiento y la creatividad con sus contenidos repetitivos, baratos e inauténticos. Me desconecta de mí mismo. Me mata el tiempo. A veces no he aguantado las ganas de estrellar el celular contra el suelo o contra la pared.
Pero ¿la solución no sería simplemente apagar el celular? Sería una solución más simple, sí, pero impracticable. Estar todo el tiempo pegado al celular no representa solamente el vicio del adicto. Es una imposición social. Al punto que hoy en día es prácticamente imposible prescindir del smartphone sin sufrir consecuencias desfavorables en el mundo laboral o comercial, en el acceso a bienes y servicios, en el ámbito de las relaciones interpersonales. Si no estás insistentemente conectado, estarás irremediablemente marginado.
¿No te ha reñido alguna vez tu jefe, un cliente o tu pareja por no contestar sus llamadas o mensajes de WhatsApp “justo cuando más te necesitaba”? Porque del hecho de que cada uno de nosotros tenga el celular siempre al alcance de la mano, pareciera concluirse que estamos ininterrumpida e incondicionalmente disponibles. Como si en estar del otro lado del auricular y de la pantalla se nos tuviera que ir la vida entera. Como si responder de inmediato fuera el deber supremo del mundo contemporáneo.
Cuánto me gustaría volver a vivir una semana –una sola semana– en la que no tuviera que mirar la pantalla agotadora del smartphone, en la que no tuviera que responder cada día el mensaje más urgente del mundo, en la que me librara de intoxicarme del contenido carente de alma de las redes sociales ¡Qué cosas pudiera conocer o recordar sobre mí mismo! ¡Cuántas páginas más pudiera paladear! ¡Cuánto mundo me dejaría de perder! Ojalá, sobre todo, tuviera la valentía suficiente para asumir todas las consecuencias.
— — —
Notas:

