El neoliberalismo actual no reduce el Estado y el gasto social, no privatiza o vende los hospitales y las universidades públicas, no reduce los derechos sociales y no se aplica por shocks económicos. Lo que hace es administrar los derechos fundamentales como beneficios individuales que se pueden otorgar como bonos (privilegios) o quitar cuando hay crisis de deuda con la banca y las empresas privadas. Para entender el alcance del neoliberalismo en todos los sectores estratégicos de la economía y de nuestras vidas comunes y corrientes, hay que captar su esencia: el destino masivo del gasto estatal a través de subsidios, bonos, concesiones, uniones temporales, subvenciones, fondos concursables —convocatorias—, administradora de pensiones a privados, a través de Asociaciones Públicos-Privadas (APP) de iniciativa privada, alianzas estratégicas o directamente a individuos particulares. La regularización del comercio internacional a través de los Tratados de Libre Comercio y de la banca comercial mediante los Acuerdos de Basilea, que apalanca el carácter vinculante de las agencias y calificadoras de riesgos, coaccionando con el riesgo país. Durante los últimos treinta años, esta ha sido la economía política imperante en América Latina luego de apartar al estructuralismo clásico de los años 1950-1970; hay poco o más que el modelo pueda profundizar en Chile, pero aún tiene campo por recorrer en países como Colombia o Bolivia.
Las “alternativas” regionales contemporáneas al neoliberalismo, conocidas como neoestructuralismo y neodesarrollismo, que emergieron en los años 90’s y principios de los 2000’s respectivamente, han abandonado la matriz crítica de sus antecesoras clásicas. Estas versiones carecen de una perspectiva histórica de las relaciones dependientes de los países de la periferia respecto a los países centrales y sus efectos en la división internacional del trabajo; el uso de eufemismos “lógica constructiva”, “cofabricación colectiva” o “integración regional y transformación productiva con equidad” esconden esas asimetrías. También desplazaron la crítica sobre la restricción externa financiera, que repercute en la incapacidad de superar el déficit crónico en la balanza de pagos que limita la tasa de crecimiento potencial y conduce al desempleo, subempleo e informalidad laboral.
Continuaron la estabilidad macroeconómica e inflacionaria a través de la independencia de la Banca Central como ancla para prevenir el “populismo fiscal”, sea como déficit presupuestario irresponsable o por el superávit en las exportaciones de materias primas, promovieron la exportación minera e incentivaron el agronegocio, además, asimilaron la nueva gestión pública como manera de focalizar y mejorar el rendimiento de los programas sociales.
Se pensó que el ciclo progresista [“de izquierda”] neodesarrollista de la década de los 2000 representaba una ruptura de la forma de acumulación neoliberal y a los gobiernos de derechas. Hoy sabemos [y varios en su momento lo sospecharon], que se trató de la administración de un ciclo de ascenso económico global de los precios de las commodities, producto de la reacomodación de China en el circuito como actor determinante, lo cual dice algo más profundo sobre el modo de acumulación posfordista en el que nos encontramos.
Durante ese tiempo, el neodesarrollismo evolucionó a dos variantes que difieren sobre cuál debe ser el motor de desarrollo económico y en qué plazos deben lograrse los efectos distributivos del ingreso. El desarrollismo social de los 2000 encuentra el desarrollo en el consumo interno masivo apalancado por el aumento salarial y un uso excesivo de los ingresos provenientes de la exportación minera para ese objetivo, con nulo cuidado del tipo cambiario.
Por el contrario, el nuevo desarrollismo brasileño busca el crecimiento a largo plazo en la demanda de exportaciones y no solo en el gasto público que incentive la demanda interna general a través de aumento salarios mayores que la tasa de productividad, a la vez que controlan la sobrevaloración de la moneda mediante impuestos a las exportaciones de materias primas y el control a la entrada de capital extranjero. Argentina, Chile y Brasil siguieron políticas social desarrollistas, solo Venezuela y Bolivia intentaron transformar el régimen de acumulación transnacionalizado y orientado a la exportación (EOI) en la región, su naufragio en una dictadura burocrática[1] es resultado, en parte, de una fallida política de integración macroeconómica (traducida en exceso de gasto) que permitiera coordinar las cadenas de valor y suministro en distintos sectores estratégicos sin excluir a la pequeña y mediana propiedad privada.
Las objeciones a estas nuevas perspectivas como alternativas realmente efectivas al neoliberalismo son tan amplias como la dimensión económica que se decida analizar. Por ejemplo, en la política industrial, las respuestas neodesarrollistas a un país como Colombia de matriz productiva primaria exportadora, sin mayor valor agregado y con baja integración en las cadenas globales de suministro y de valor, sería intensificar la intervención estatal en el mercado vía industrialización orientada a la exportación (EOI)[2] e incrementar la innovación local (I+D+i, clústeres, zonas económicas especiales y otras herramientas), mediante acuerdos con las empresas transnacionales para alcanzar una fuerte absorción de conocimientos y cerrar la brecha tecnológica de un país periférico. Una estrategia así, presumiblemente, cualificaría su fuerza laboral y con el tiempo incentivaría un cambio en su matriz que permita exportar otros tipos de bienes y servicios. La respuesta desde el neoestructuralismo sería estimular la ventaja competitiva en los productos exportados con el objetivo de aprovechar las oportunidades que ofrece la globalización, buscando alcanzar una inserción internacional exitosa a través de una política estatal selectiva y gradual, que no incurra en shocks económicos que perjudiquen la estabilidad social. Una salida para el desarrollo colombiano sería la agroindustria.
Ambas políticas de desarrollo económico están obligadas a recurrir a las Asociaciones Público-Privada, Alianzas Estratégicas o directamente subvencionar a las compañías extranjeras, con el perjuicio que el retorno sea insignificante y no se transforme nada esencial en la matriz productiva primaria exportadora. ¿Por qué habría de ser esto así? ¿Por qué no habría flujo de conocimiento a los países periféricos para alcanzar el progreso técnico? Robert Lucas Jr. formuló una inquietud semejante [a los neoclásicos], que hoy se conoce como la ‘paradoja de Lucas’, ¿por qué no fluye más capital de los países desarrollados a los países en desarrollo si estos últimos son más rentables para invertir?
Una respuesta marxista no-ortodoxa es que el control o la gestión de los medios de producción, con las técnicas y tecnologías más avanzadas de una época, son una ventaja estratégica que no puede transferirse a los países periféricos, incluidas sus burguesías-burocracias locales. Las empresas trasnacionales solo transferirán el conocimiento necesario para las prácticas de ensamblaje y fabricación en esos países o para ampliar su mercado a través de la construcción de infraestructura [no se puede importar vehículos eléctricos sin un suministro pertinente], manteniendo el rezago tecnológico, por lo que no cabe esperar un crecimiento schumpeteriano.
A raíz de este fundamento, es un espejismo pensar que la idea de apertura a la globalización apalancada por el Estado vía industrialización ‘desde dentro’ (alternativa al ‘hacia adentro’ del siglo pasado) en el mercado interno (por su tamaño, Brasil y México, países semi periféricos) o en el mercado doméstico ampliado (integración de las demás economías latinoamericanas) será recompensada con la ansiada soberanía y el desarrollo económico. La menor dinamicidad del comercio internacional actual, aún con regionalización (nearshoring), impone restricciones mayores sobre la capacidad de los países periféricos para competir, por lo que se termina reproduciendo un círculo vicioso donde se acentúan las brechas tecnológicas entre las distintas regiones, difíciles de contrarrestar utilizando solo la reducción de salarios, que solo es una ventaja estática, como política económica.[3]
No existen garantías de que esas iniciativas logren escalar si persisten el déficit crónico de la cuenta corriente de la balanza de pagos y una política de tasa de interés de los bancos centrales que favorece el alto pago de intereses. Si bien los nuevos desarrollistas comparten que la tasa de interés sea baja, su insistencia por mantener el control de los demás precios macroeconómicos (en especial, el tipo de cambio) para que la política industrial sea viable, genera la impresión que solo les interesa la estabilidad macroeconómica, tan característica del neoestructuralismo actual. Dada la interrelación entre las Cadenas Globales de Valor y el sistema financiero, en las cuales las fluctuaciones afectan hacia adelante y hacia atrás en las cadenas, desviando el equilibrio de tipo de cambio real que facilita un desarrollo productivo sostenible, no se puede esperar ajustar siempre los precios. Una política industrial requiere conocer, sector por sector y en cada estrato de la cadena, qué estrategia de financiarización está acoplada.
Peor aún, que un país constituya una base local de sistema científico-tecnológico y se integre regionalmente tampoco es una garantía de acceso a tareas más complejas. Incluso si se lograra el auge económico, lo será desplazando el costo a otros países latinoamericanos, truncando su propio desarrollo, por ejemplo, induciendo escasez de demanda agregada deflacionaria.
Por estos motivos [y otros, como la crisis de deuda], no ocurrió la emulación de los Cuatro Tigres Asiáticos que los neodesarrollistas esperaban en América Latina, sino el estancamiento de México y Centroamérica en las etapas finales de las cadenas de producción (maquila, ensamblaje), con baja presencia de valor agregado bruto (vab) en los sectores intensivos en tecnología, la exportación de materias primas en el resto de los países y el agronegocio, con escala limitada en los países agrícolas por normativas internacionales.
El escenario actual de nearshoring puede lucir como una nueva ventana de oportunidad de traspaso tecnológico, como es el caso de los Estados Unidos con México, por ejemplo. Pero en realidad se trata de una respuesta de la red ante tensiones de la demanda global para reorganizar el flujo comercial. Estados Unidos, por un lado, con su plan de producción de semiconductores avanzados, diseña y fabrica chips de 3 nanómetros [aunque todas las demás etapas están externalizadas…] y le pide a México que ensamble chips de 14 a 16 nanómetros para electrodomésticos, electrónica de consumo y automotrices. Por el otro lado, China adelanta fabrica baterías de litio que son ensamblados en equipos de cómputo en México y logran entrar al mercado estadounidense, logrando evadir así los aranceles a productos chinos.
Esta idea marxista no-ortodoxa donde la gestión de los medios, sin ser propietario, revela los dilemas a los que están sometidos los países de América Latina. Los países exportadores de materia prima como el litio, el cobre, el cobalto o el petróleo, aunque son propietarios de los recursos, no disponen de la tecnología de extracción [como México, que nacionalizó el litio] o no controlan etapas posteriores al refinamiento [como Chile] para producir tecnología intensiva en litio.
Los países que además exportan alimentos [como Colombia, Ecuador, Argentina o Chile], los productores locales medianos y pequeños responden a las cadenas de productos impulsadas por el comprador (buyer-driven). Allí los grandes minoristas, los comerciantes de marcas reconocidas y las empresas comerciales desempeñan un papel fundamental en el establecimiento de redes de producción descentralizada. Su control está en las combinaciones de investigación, diseño, ventas, marketing y servicios financieros de alto valor que permiten a los compradores y a los comerciantes de marcas gestionar a la infinidad de pequeños productores, que sufren una desigual distribución del ingreso en la cadena y una diferencia en los precios de origen-destino.
Colombia presenta dificultades adicionales a las descritas pues carece de infraestructura pública crítica para integrarse y competir. Si bien es una situación superable y los gobiernos deciden recurrir a concesiones con privados para sortearla, esas mejoras aisladas no pueden interpretarse como una transformación productiva escalonada, de la misma manera que plausibles bonanzas petroleras en el mediano plazo o el aumento de la demanda en el sector de la construcción no son fuentes sostenibles de ahorro interno a largo plazo[4] ni por sí mismas son suficientes para inducir cambios estructurales sin el control estratégico del Estado.[5]
Dicho de otra manera, no es impensable que el Estado pueda centrar sus esfuerzos en el ciclo productivo (explotación-agregación de valor) junto a los privados, quienes aportan el capital físico, tecnológico y conexiones en el mercado. Lo que no es plausible pensar, por las razones señaladas, que América Latina pueda escalar en las cadenas globales; los ensayos para la transformación productiva pueden perecer en esfuerzos fragmentados de I+D+i, o en la fuga de capital humano cualificado a los países centrales.
Si ‘todo termina siendo lo mismo’. ¿Qué distingue a Lula-Rousseff de Bolsonaro, a Bachellet de Piñera, a Kirchner-Fernández de Milei, a Santos de Uribe? En principio, la dimensión progresista. ¿Cuál es el fundamento común de todos ellos? Políticas neoliberales. ¿Qué distingue a Chávez de López Obrador? El primero coexistió con el capital trasnacional y rechazó en parte las relaciones de propiedad constituidas en la neoliberalización; el segundo colaboró con esos resultados, pero rechazó la pasividad del Estado frente a sus consecuencias sociales, tal como propugna la retórica neoestructuralista.[6] ¿Qué distingue a Boric de Kast? El segundo continuará la misma Estrategia Nacional del Litio que inauguró el primero.
En los últimos 40 años, bajo derechas e izquierdas burocratizadas, América Latina no ha experimentado diferencia económica sustantiva al neodesarrollismo y al neoestructuralismo. Se usarán las concesiones y subvenciones con privados, se mantendrá la estabilidad macroeconómica a la que le añadirán rostro social para favorecer a las capas medias; se ampliará la exportación minero-energética y se desarrollará el agronegocio, pero nada más. Por tanto, el neoestructuralismo y el neodesarrollismo[7] son espejismos alternativos de la misma profundización neoliberal que puede financiar derechos fundamentales mientras su operación la delega a privados.
Si América Latina desea la globalización, tendrá que pensar en una distinta a esta; el proteccionismo, la industrialización forzosa de tipo soviético, la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) o el modelo agroexportador no son alternativas viables para la tarea del desarrollo económico. Se engañan aquellos que consideran que la experiencia de los Tigres Asiáticos puede emularse nuevamente. Si estos países permanecen en el espejismo, ya que sus economías poseen una elevada elasticidad ingreso de la demanda para los productos manufacturados de los países centrales, permanecerán condenadas a la pobreza relativa.
— — —
Notas:

