Jacinto Cruz Usma nació en 1932 en una familia de campesinos del Valle del Cauca, Colombia. El cruel asesinato de algunos de sus familiares por parte de los Pájaros, un grupo paramilitar de afiliación conservadora, lo impulsó a adherirse a las guerrillas liberales para vengar la muerte de los suyos. Según la historia, en las filas insurgentes, Jacinto Cruz, un hombre trivial e invisible, se transformó en menos de tres años en el temido y cruel Sangrenegra, uno de los bandoleros más buscados en el país durante la época de la Violencia. En aquellos tiempos, el gobierno colombiano no escatimó en esfuerzos para capturarlo a él y a su séquito de crueles asesinos, pero se tardó trece años en lograr hacer justicia, o por lo menos aquello que en el fondo se espera que se haga con cualquier asesino: asesinarlo. Fue en 1964 que el ejército logró abatir a Sangrenegra y a dos de sus aliados, Desquite y Tarzán, y para que no quedara en duda el poder militar del Estado, los cadáveres fueron trasladados y exhibidos a la curiosidad pública ―en muchos sentidos crueldad colectiva― en varios pueblos del país.
Fue tan grande la noticia que Stephen Ferry menciona que incluso a los estudiantes se les daba «el día libre para que fueran a aprender una nueva lección: la de la intimidación a la generación que apenas crecía»[1]. Sobre el mismo hecho, algunos historiadores como Jesús Sarria[2] aseguraron que Sangrenegra se suicidó después de haber recibido un disparo del ejército que lo dejó muy herido. Sin embargo, esto resulta poco probable si nos centramos en que su cadáver, antes de la exposición, presentaba visibles signos de tortura como cortes en la piel, castración, ausencia de piezas dentales y de uñas, entre otros. La exhibición pública de su muerte fue también la justificación para que víctimas y curiosos “hicieran justicia”, o por lo menos aliviaran, de algún modo, el dolor que los bandoleros causaron en el sur de Colombia. Los cadáveres fueron golpeados, apedreados, cercenados, escupidos, insultados; cada pueblo mató, a su manera, a los asesinos asesinados. Solo cuando comenzaron a podrirse, la puesta en escena terminó; lo nauseabundo ya no era un deleite estético sino un riesgo para la salud pública. Cada pueblo exhibió entonces, a su manera, que la crueldad no era solo un asunto de bandoleros.
La palabra crueldad proviene del latín crudelitas que significa “duro”, “severo” o “sangriento”. Deriva del adjetivo crudelis, “lo que se recrea en la sangre” y, por supuesto, comparte raíz con crudus, “sin cocción”. El Diccionario de la RAE define la crueldad como “inhumanidad” y otros diccionarios la describen como “el goce o indiferencia ante el sufrimiento del otro”. En este orden de ideas, Ana Carrasco afirma que la crueldad «no es por tanto únicamente la pasión del goce ante el dolor del otro, sino también la indiferencia e insensibilidad ante él»[3]. Y, en un sentido más amplio, Rita Segato advierte que la crueldad «es directamente proporcional a formas de gozo narcisístico y consumista, y al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensibilización al sufrimiento de los otros»[4]. En consonancia con esto, el budismo afirma que la crueldad es lo que no ha sido transformado o suavizado por la compasión.
Resulta inquietante que la crueldad necesite siempre un otro. Suena un tanto desesperanzador que ningún ser humano pueda escaparse de ella, bien sea porque la ejerce o la padece. Puede ser tan cruel la tortura como el chiste que, tal vez sin intención, se ríe del dolor ajeno; puede haber mucha crueldad en las palabras que desprecian, así como en la creencia de que el único modo posible de vida es el propio. Quizá es tan cruel el comentario racista como votar por una propuesta política que destripará a otros.
Con el acto aleccionador del ejército colombiano y la participación entusiasta de muchos ciudadanos podemos ver la crueldad como un acto que, extrañamente, también convoca a una especie de “solidaridad excluyente”. Por supuesto que el propósito del ejército fue generar escarmiento, admiración y la sensación del deber cumplido, pero los espectadores respondieron también a la crueldad de la muerte y la adhirieron sin cuestionarla a su cotidianidad, bien porque se sintieron triunfantes frente al mal, porque fueron víctimas de un horror que ya no representaba ningún peligro, porque otros lo hacían o porque obedecieron implícitamente al mensaje: esto es lo que pasa con quienes no son como nosotros. Y es ahí, en esa punzante división del todos en un ellos y un nosotros que, muy probablemente, toda forma existente de crueldad encuentre un propósito. Es ahí cuando el oxímoron “solidaridad excluyente” toma sentido.
Al respecto, Richard Rorty tiene mucho de razón cuando plantea que aquello que consideramos ser humano «es algo relativo a la circunstancia histórica, algo que depende de un acuerdo transitorio acerca de qué actitudes son normales y qué prácticas son justas o injustas»[5]. Es decir, llegar a un acuerdo sobre lo que es humano e inhumano, cruel o no tan cruel pertenece a la contingencia. Y desde esa perspectiva, la historia de Colombia nos sigue mostrando que la crueldad ejercida hacia el distinto, hacia el contradictor o el objetante ha sido siempre una advertencia clara sobre el costo que tiene el no solidarizarse con alguna causa o, dicho de otro modo, no pertenecer a un «nosotros» que se erige como lo normal y lo aceptable de acuerdo a las circunstancias. De ahí que, con el pasar del tiempo, muchos en este país hayan optado por «silenciar su pasado, mentir acerca de sí mismos e incluso negar sus creencias y preferencias políticas para evitar ser asociados con un partido o movimiento estigmatizado»[6]. Es claro entonces que la violencia empieza cuando el otro, el que es diferente a mí, deja de parecernos alguien.
Hoy en Colombia vemos claramente cómo la crueldad vuelve a tomar un protagonismo significativo en la vida, las narrativas, los discursos, los pasos, los actos, la fe, las calles, la política pública. Hoy vemos más de cerca cómo algunos se complacen en imponer su visión de mundo y en insistir en una forma de país que sigue causando dolores. Por lo tanto, apelar únicamente a la ignorancia, al cansancio, al desconocimiento y al miedo para justificar una elección política quizá no sea tan certero, tal vez a eso le falta un pedazo que no estamos viendo y, por ende, no estamos cuestionando lo suficiente. Y ante eso proponer el lenguaje de lo probable y de lo cruel se torna urgente.
Por supuesto que la actual realidad de Colombia responde a una propuesta global de intervención, subordinación, corrupción y retroceso; a un proyecto de mundo y de continente que borra las diferencias y desdice la historia. También responde a un ethos propio de esta tierra en el que casi siempre se vota en contra de y no a favor de algo. Un proyecto calcado de otros tiempos que, al parecer, no fueron siempre otros. Negar eso sería impertinente y riesgoso, pero también es importante detenernos a ver qué más hay en nuestros adentros, con la intención de comprender lo que somos.
Hannah Arendt[7] advirtió que el autoritarismo y la crueldad no se sostienen solos, requieren de sociedades que también se identifican con esas ideas y las reproducen, de ciudadanos cómplices que cierran los ojos ante las injusticias, de personas que creen que hay enemigos a derrotar, de gente del común que no cuestiona lo que pasa, de individuos que pensaron que no sería tan grave o que, como pasó con Adolf Eichmann, solo cumplían las órdenes que alguien más les dio. La filósofa también advierte del riesgo que implica creer que los actos, las palabras y las acciones de las personas se sostienen, las más de las veces, en la intención de no lastimar a otros, en el olvido de una acción o en la equivocación de no querer o no saber. Pero la historia, incluso hoy, evidencia lo contrario. La crueldad supone algo más allá de la intención, y no, no debemos pasar eso por alto; a la historia no podemos mirarla nunca con ingenuidad.
Quizás hablar de la crueldad, mirarla en nuestra historia, reconocernos en sus formas, desbarajustarla para no repetirla, sea también un acto profundo y necesario de compasión.
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Notas:

